viernes 2 de marzo de 2012

El ladrón


—No sé cómo explicarlo. Hay una especie de desfase entre lo que yo creo que es real y la auténtica realidad. Tengo la impresión de que dentro de mí, en alguna parte, hay una pequeña cosa oculta. Como un ladrón que ha entrado en una casa y se ha escondido en el armario. Y sólo de vez en cuando sale y altera mi orden y mi lógica. Como un imán que altera el funcionamiento de una máquina.

(Murakami, Haruki, “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”, Buenos Aires, Tusquets Editores, 2008., p.332)



Publicado por Horacio

lunes 27 de febrero de 2012

Frente a frente


Sentados. Frente a frente. Los vasos llenos. Ya no importa de qué. En una casa habitada por la oscuridad y con sus paredes tiznadas, como los recuerdos.

Sentados. Frente a frente. A media luz, sin verse pero mirándose uno al otro, sabiéndose juntos, siempre a mano, queriéndose más allá de la sangre, los años, los desconciertos o el manojo de huellas que nos resume como pares.

Sentados. Frente a frente. Con una pila de libros por delante, como si en las páginas estuvieran las respuestas y no nuevos interrogantes. Con la literatura entrecruzándose con Marx, Foucault, Gramsci, los tomos de “La voluntad” o el último autor descubierto y recomendado por otros hermanos, aunque no sean de sangre.

Sentados. Frente a frente. Con ronroneos y maullidos que astillan el silencio de tanto en tanto —para quitarle solemnidad a las cosas, vio— como los discos que giran y giran, solidarios, propios. Redondos y Divididos pero habitados por Principio de incertidumbre o Nos sobran los motivos (ambos, el eléctrico y el acústico).

Sentados. Frente a frente. Los vasos llenos, invadidos por fechas que impone el calendario, que significan poco, nada o casi todo (que no es lo mismo pero es igual, apunta Silvio), en una casa de paredes tiznadas y muebles de ceniza, mientras en el exterior aturden los fuegos artificiales y la noche se llena de una euforia irritante, como algunas reuniones familiares.

Sentados. Frente a frente. Los vasos llenos. Ya no importa de qué.

Publicado por Horacio


martes 21 de febrero de 2012

Pluma de un maestro: caracterizar a un personaje



"He aquí lo que sabía Byron Bunch: fue un viernes por la mañana, hacía tres años. Los hombres, en el taller de acepillado, levantaron los ojos y vieron al forastero, de pie, mirándoles. No sabían cuánto tiempo llevaba allí. Tenía el aspecto de un vagabundo y, sin embargo, no era exactamente igual que un vagabundo. Sus zapatos estaban polvorientos y su pantalón estaba también sucio. Pero era de una sarga decorosa, con una raya bien marcada; y su camisa estaba sucia, pero era una camisa blanca; y llevaba una corbata, y un sombrero de paja casi nuevo cuya inclinación insolente daba a su rostro inmóvil un aire inquietante. No tenía el aspecto de un vagabundo profesional con ropa profesional, pero había en él algo de desarraigado, como si no perteneciera a ninguna ciudad, como si no tuviese una calle, una pared, una pulgada de terreno de los que se pudiese decir que eran su casa. Y era como si llevase constantemente consigo todo lo que sabía, del mismo modo que se lleva una bandera; con algo de cruel, de solitario, de altanero..."
... Y, por primera vez, Byron comprendió que el nombre de un hombre, considerado en general como simple interpretación sonora de lo que es ese hombre, puede ser también, en cierto modo, un presagio de lo que hará, si se puede leer a tiempo el significado. A Byron le pareció que, antes de haber oído su nombre, ninguno de los obreros había prestado gran atención al forastero. Pero, en cuanto lo oyeron, tuvieron la impresión de que había algo en la sonoridad de la palabra que se esforzaba en hacerles comprender lo que debían esperar; como si el hombre llevase consigo una advertencia inseparable, lo mismo que una flor lleva su perfume o un crótalo el rumor de su cola. Pero nadie podía descifrar el sentido. Simplemente pensaban que era extranjero; y, aquel viernes, mientras le veían trabajar, con su corbata, su sombrero de paja y su pantalón con raya, decían entre ellos que probablemente en su país se trabajaba así. Sin embargo, hubo otros que dijeron: “Ya se cambiará esta noche. Mañana por la mañana no vendrá a trabajar endomingado de ese modo.” 
Como siempre, el resaltado es mío.


Faulkner, William, “Luz de agosto”, España, ABC, 2004.- Traducción de Enrique Sordo. 

Publicado por Horacio

miércoles 15 de febrero de 2012

Sangre y espigas



Fotografía: Imágenes de Internet. fotomontaje propio.


Debió saber que algo andaba mal cuando el día anterior soñó que mataba a un viejo amigo con varias patadas en el pecho y el alba siguiente desvaneció la reminiscencia de un vuelco en la ruta, con la violenta sensación de rebotar en una cabina, como si estuviese dentro de una coctelera.

Por eso no le sorprendieron los ojos del pibe inyectados de paco[1] que le pedían un dinero que no tenía (como una vida que el otro no llevaba ni de la que era culpable) mientras sentía como esos golpes en el pecho —idénticos a los que daba y recibía en sueños— se quedaban con su aliento.

¿Será la muerte esa llanura que está frente a sus ojos? Un campo lleno de espigas, un árbol en la lejanía que parece esperarlo, mientras el pibe huye sin comprender como tanta sangre se escapa a borbotones y él hace una pausa en el camino —abatido y solo— preguntándose si llegará hasta aquella sombra que lo aguarda en la lejanía.



[1]  Pasta básica de cocaína.



Publicado por Horacio

miércoles 8 de febrero de 2012

Ómnibus IV



Papá podía cambiar de trabajo, de ropa, de voz, de humor, pero siempre estaba radiante para ella, con un optimismo insano que contrarrestaba una vida poblada por el desaliento. Hijo número siete de una familia de más de diez, decidió a los trece años que ya era hora de largarse de casa.

Al principio la calle no fue el mejor refugio pero tuvo la suerte de toparse con el Turco Leb, dueño de una fonda de paso para trabajadores, amantes despechados y poetas venidos a menos que llegaban a la Capital con su puñado de esperanzas a cuestas.

Allí, Papá, como le decían todos por ese tono impostado de hombre de ciudad, conoció otro mundo y un lugar para vivir, a cambio de un poco de compañía para un viejo que se moría de soledad.

Un día se enamoró de la florista que —como era de esperar— lo ignoró sin ningún tipo de reparos. Pero él no cejó en su empeño y una mañana, junto a su café recalentado, le dejó unos versos. Nadie supo qué decían, pero aquella noche durmieron juntos y nueve lunas más tarde llegó Camila.

La florista falleció tiempo después, cuando un borracho al volante la atropelló en su puesto y Papá quedó sumido en la tristeza, aunque siempre guarde una sonrisa para su hija, desafiando a la vida emperrada por que baje los brazos. El mismo gesto que me obsequia mientras me muestra su foto y esperamos un ómnibus que no llega, en una parada tan deteriorada y firme como nuestro manojo de sueños.


Publicado por Horacio

lunes 30 de enero de 2012

El Gato Díaz




Siempre está a mano. Y es un referente ineludible a la hora de sentarse frente a un teclado. Por su compromiso, por su relación con el fútbol o sus consejos. Pero por sobre todo, por sus palabras.

Su muerte me llegó por teléfono. La voz de alguien que amo me dijo desde la impotencia y la lejanía: “se murió Soriano”. Balbuceé alguna respuesta, hablamos unos minutos y tuve que colgar, en un laburo que prefiero olvidar pero que en aquellos tiempos me daba de comer.

Regresé a mi computadora y seguí con lo que estaba haciendo, intentando acomodarme a la noticia. Alguna que otra puteada por lo bajo y la sensación de cachetazo para los de siempre acompañaron aquel día de fines de enero de 1997.

“A mi un gato me trajo la solución para Triste, solitario y final. Un negro de mirada contundente, muy parecido a Taki, la gata de Chandler. Otro, el negro Veni, me acompañó en el exilio y murió en Buenos Aires. Hubo uno llamado Peteco que me sacó de muchos apuros en los días en que escribía A sus plantas rendido un Ieón. Viví con una chica alérgica a los gatos y al poco tiempo nos separamos. En París, mientras trabajaba en El ojo de la patria, en un quinto piso inaccesible, se me apareció un gato equilibrista caminando por la canaleta del desagüe. Para sentirme más seguro de mi mismo puse un gato negro al comienzo y uno colorado al final de Una sombra ya pronto serás.

Para decirlo mal y pronto: hay gatos en todas mis novelas. Soy uno de ellos perezoso y distante. Aunque nunca aprendí la sutileza de la especie…”, escribió alguna vez. Cito esto y una de mis gatas —que rondaba a mi alrededor— desaparece con sigilo, quizás en un acuerdo tácito con sus palabras.

Si Cortázar o Castillo son referentes ineludibles a la hora de hacer ficción, Soriano es uno de los faros que continúan siempre encendidos para no desviarse del camino. Una prosa llana, profunda y sin ornamentos, historias que se disfrutan mientras se cuentan solas, una fascinación por personajes perdedores que no bajan los brazos, referencias innegables a la realidad social o diálogos impecables pueden servir como ejemplo. Eso sin mencionar su pasión por los gatos, el fútbol y el policial negro.

Repaso mentalmente sus obras y no me animo  a quedarme con ninguna, aunque tengo preferencias por “Triste, solitario y final” (debut como novelista) o “No habrá más penas ni olvido”. ¿Quién puede olvidarse de Ulises Dumont (Cerviño) —en la versión cinematográfica de Héctor Olivera— fumigando mierda a los servicios de inteligencia?

Tampoco puedo dejar de mencionar a “La hora sin sombra”, su última novela, en donde sin ser un estudioso de su trayectoria (a propósito: la Academia siempre lo ninguneó por ser “popular”) parece desentrañarse otro Soriano, más introspectivo, con la misma solidez de siempre y el aplomo de los años.

Periodista, escritor, pero por sobre todo buen tipo, sostienen quienes tuvieron la fortuna de conocerlo. Para el resto nos quedaron sus textos y la particularidad de arrancarte una sonrisa o dejarte pensando, mientras se repasa de nuevo algún párrafo.

Y así es Soriano, el intelectual que no desdeñaba el fútbol, que prestaba un oído a la noche y otro a los excluidos para dar cuenta de la condición humana, en un mundo emperrado y desigual que sigue apostando a un Gato Díaz que se quede con “la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita.”

Publicado por Horacio

viernes 20 de enero de 2012

Amigos imaginarios


Neblina otra vez. Como siempre ocurre a estas horas, siento tu olor mezclado con el humo del último cigarrillo, el que fumabas a escondidas en el patio, convencido de engañarme.

No duermo bien desde hace tiempo. Si no hace frío, deambulo como una loca por la casa. Voy a la cocina, reprendo a las hormigas que se hacen un festín con las sobras del gato y me sirvo un vaso de leche. Pero no hay caso, no es lo mismo que la recién ordeñada. Nada más placentero y nada más lejano también. Mi padre nos preparaba pan con nata y nos despertaba temprano, con un beso en la frente y el aroma de la leche hirviendo en las cocinas de leña.

Pobre. Demasiado hizo por nosotras después de la tuberculosis de mamá. Que regalito le hizo Dios al dejarle dos nenas inquietas y preguntonas. Por eso comprendo que le gustara la bebida. Se emborrachaba de noche, cuando todos dormían. Yo lo espiaba por el ojo de la cerradura, a veces se le escapaba algún sollozo y una mala palabra, de esas que nos prohibía a nosotras. Y ¡guay de la que dijera una en la mesa!. Todavía siento el ardor en la mejilla cuando le dije puta a mi hermana.

Crecíamos, él envejecía y le costaba levantarse para ordeñar pero la vida seguía, siempre sigue y no podemos quedarnos al costado del camino. Ya éramos unas señoritas cuando nos avisaron que había ocurrido un accidente y una coz que no sabía de desgracias ajenas terminó con su vida. Fue terrible, me enojé mucho con Dios y lo llené de reproches y maldiciones.

Pero dicen que ése aprieta pero no ahorca y los patrones de la estancia nos llevaron a vivir a su casa. Doña Elvira, una señora de modales refinados nos obligó a terminar el bachillerato y nos aceptó como sus hijas, además de las tres que ya tenía. En la primavera nos sentaba a todas bajo el parral para terminar los bordados y embelesarnos con el campo. La vista quedaba dolida ante tanta tierra. Y ni hablar de los atardeceres, el cielo agonizaba cada día. Y nacía de nuevo con el sol.

Una mañana me di cuenta que estaba enamorada del hijo del patrón. No sé cómo ocurrió, pero supe que tarde o temprano nos toparíamos. Era un joven tímido y adinerado, presa ideal para las arpías del pueblo. Los estancieros vecinos llevaban a sus hijas a tomar el té y escuchaban a Gardel en la vitrola mientras hablaban de haciendas, trigo, inflación y Perón, el monstruo detestable que yo admiraba en secreto.

Bajo la atenta mirada de Doña Elvira, escuchábamos complacientes los comentarios triviales de los hombres y asentíamos en silencio. Allí supe que mi padre se había equivocado: no todo era respeto o sumisión y al amor había que serle irrespetuoso, descarado. Así lo conquisté a Vicente, sosteniéndole la mirada y liberando algún botón de mi escote, mostrando vanidosa lo que otras ocultaban. Él dejó de mirar a esas paliduchas y se quedó con mi piel trigueña.

Nuestro casamiento fue celebración y escándalo en la provincia. Nunca vi tantos invitados, tanto derroche, tanta hipocresía y dentaduras postizas. Hasta las candidatas despechadas por mi marido asistieron a la cena, parecían lechuzas inmóviles escudriñando el salón con ojos saltones. Todavía no entendían como se había quedado conmigo, una don nadie.

Fueron tiempos maravillosos y terribles. Los hijos crecían junto a las hipotecas y créditos irrecuperables. La vida lujosa de Los Alamos se fue por la borda un invierno en que llegaba la televisión color y Argentina ganaba el Mundial de Fútbol. Aquel fue un golpe muy duro para mi marido. Yo estaba cuereada en renacimientos y tropezones pero él no. Perdió la alegría y se encogió de nostalgia. Por suerte quedaban algunos amigos y un samaritano nos prestó esta casa en la capital.

Vicente no se recuperó. Extrañaba el campo, el rocío del invierno, la bruma matinal con la que asustaba a nuestros hijos con historias de caballadas desbocadas y malones fantasmales. La llegada de los nietos alivió las penas y fuimos padres de nuevo, malcriando hijos ajenos. La casa se llenó de juguetes, tortas y dulces, cuentos del abuelo entre rondas de chocolate caliente y la mirada azorada de los chicos.

¿Y éstos, Qué hacen levantados?. Un día Vicente se fue y yo no tardé en seguirlo. Mirá ese mocoso, ya me vio. Me voy a sentar, me duelen las rodillas y se me hinchan los pies. A veces regreso a dar una vuelta para encontrarme con tu olor. ¿Me está mostrando el soldadito? Sí será… me hace reír el borrego…

—¿Los escuchaste anoche?
—Sí, se despertaron de nuevo, estaban charlando en la cocina. Santiago me contó que vieron otra vez a la vieja, la del camisón rosa, que estaba sentada en tu silla y los miraba. Hasta se reía.

—¿No habría que consultar a un especialista?

—Quedate tranquilo. El pediatra me dijo que es normal que tengan amigos imaginarios.



Publicado por Horacio