Neblina otra vez. Como siempre ocurre a estas horas, siento
tu olor mezclado con el humo del último cigarrillo, el que fumabas a escondidas
en el patio, convencido de engañarme.
No duermo bien desde hace tiempo. Si no hace frío, deambulo
como una loca por la casa. Voy a la cocina, reprendo a las hormigas que se
hacen un festín con las sobras del gato y me sirvo un vaso de leche. Pero no
hay caso, no es lo mismo que la recién ordeñada. Nada más placentero y nada más
lejano también. Mi padre nos preparaba pan con nata y nos despertaba temprano,
con un beso en la frente y el aroma de la leche hirviendo en las cocinas de
leña.
Pobre. Demasiado hizo por nosotras después de la
tuberculosis de mamá. Que regalito le hizo Dios al dejarle dos nenas inquietas
y preguntonas. Por eso comprendo que le gustara la bebida. Se emborrachaba de
noche, cuando todos dormían. Yo lo espiaba por el ojo de la cerradura, a veces
se le escapaba algún sollozo y una mala palabra, de esas que nos prohibía a nosotras.
Y ¡guay de la que dijera una en la mesa!. Todavía siento el ardor en la mejilla
cuando le dije puta a mi hermana.
Crecíamos, él envejecía y le costaba levantarse para ordeñar
pero la vida seguía, siempre sigue y no podemos quedarnos al costado del
camino. Ya éramos unas señoritas cuando nos avisaron que había ocurrido un
accidente y una coz que no sabía de desgracias ajenas terminó con su vida. Fue
terrible, me enojé mucho con Dios y lo llené de reproches y maldiciones.
Pero dicen que ése aprieta pero no ahorca y los patrones de
la estancia nos llevaron a vivir a su casa. Doña Elvira, una señora de modales
refinados nos obligó a terminar el bachillerato y nos aceptó como sus hijas,
además de las tres que ya tenía. En la primavera nos sentaba a todas bajo el
parral para terminar los bordados y embelesarnos con el campo. La vista quedaba
dolida ante tanta tierra. Y ni hablar de los atardeceres, el cielo agonizaba
cada día. Y nacía de nuevo con el sol.
Una mañana me di cuenta que estaba enamorada del hijo del
patrón. No sé cómo ocurrió, pero supe que tarde o temprano nos toparíamos. Era
un joven tímido y adinerado, presa ideal para las arpías del pueblo. Los
estancieros vecinos llevaban a sus hijas a tomar el té y escuchaban a Gardel en
la vitrola mientras hablaban de haciendas, trigo, inflación y Perón, el
monstruo detestable que yo admiraba en secreto.
Bajo la atenta mirada de Doña Elvira, escuchábamos
complacientes los comentarios triviales de los hombres y asentíamos en silencio.
Allí supe que mi padre se había equivocado: no todo era respeto o sumisión y al
amor había que serle irrespetuoso, descarado. Así lo conquisté a Vicente,
sosteniéndole la mirada y liberando algún botón de mi escote, mostrando
vanidosa lo que otras ocultaban. Él dejó de mirar a esas paliduchas y se quedó
con mi piel trigueña.
Nuestro casamiento fue celebración y escándalo en la
provincia. Nunca vi tantos invitados, tanto derroche, tanta hipocresía y
dentaduras postizas. Hasta las candidatas despechadas por mi marido asistieron
a la cena, parecían lechuzas inmóviles escudriñando el salón con ojos saltones.
Todavía no entendían como se había quedado conmigo, una don nadie.
Fueron tiempos maravillosos y terribles. Los hijos crecían
junto a las hipotecas y créditos irrecuperables. La vida lujosa de Los Alamos
se fue por la borda un invierno en que llegaba la televisión color y Argentina
ganaba el Mundial de Fútbol. Aquel fue un golpe muy duro para mi marido. Yo
estaba cuereada en renacimientos y tropezones pero él no. Perdió la alegría y
se encogió de nostalgia. Por suerte quedaban algunos amigos y un samaritano nos
prestó esta casa en la capital.
Vicente no se recuperó. Extrañaba el campo, el rocío del
invierno, la bruma matinal con la que asustaba a nuestros hijos con historias
de caballadas desbocadas y malones fantasmales. La llegada de los nietos alivió
las penas y fuimos padres de nuevo, malcriando hijos ajenos. La casa se llenó
de juguetes, tortas y dulces, cuentos del abuelo entre rondas de chocolate
caliente y la mirada azorada de los chicos.
¿Y éstos, Qué hacen
levantados?. Un día Vicente se fue y yo no tardé en seguirlo. Mirá ese mocoso, ya me vio. Me voy a
sentar, me duelen las rodillas y se me hinchan los pies. A veces regreso a dar
una vuelta para encontrarme con tu olor. ¿Me
está mostrando el soldadito? Sí será… me hace reír el borrego…
—¿Los escuchaste
anoche?
—Sí, se despertaron de
nuevo, estaban charlando en la cocina. Santiago me contó que vieron otra vez a
la vieja, la del camisón rosa, que estaba sentada en tu silla y los miraba.
Hasta se reía.
—¿No habría que consultar
a un especialista?
—Quedate tranquilo. El
pediatra me dijo que es normal que tengan amigos imaginarios.
Publicado por Horacio