
Como la zurda del Diego, la picardía de Tévez, la entrega de Mascherano, la precisión milimétrica de Román, la magia sigue vigente. Basta escuchar un par de versos y la voz aguardentosa para saber que el último trabajo de Joaquín Sabina trae consigo las sutilezas de siempre, las estocadas al corazón, la eterna canción de quien va por el mundo sin concesiones y siempre al límite, aunque en los últimos tiempos haya quitado el pie del acelerador.
Despliego la tapa abetunada y me recibe “Tiramisú de limón”, una canción interpretada con los - cada vez más sorprendentes – amigos de “Pereza”. Una canción para abrir un disco, desplegar el juego, el universo sabinesco de vinagre y rosas, de “un solo desafinado con las cenizas del amor”, para “que sepas que el final no empieza hoy”.
“Viudita de Cliquot” es una autobiografía sin concesiones, una balada en la que Joaquín se encarga de recorrer su vida para poner de manifiesto que “A los quince los cuerdos de atar me cortaron las alas, a los veinte escapé por las malas del pie del altar, a los treinta fui de armas tomar sin chaleco antibalas”, para cerrar con que “me pasé de la raya con tal de pasar por el aro, con sesenta que importa la talla de mis Calvin Klein”.
“Cristales de Bohemia” es una canción de amor y nostalgia, intimista, que abre el camino para “Parte metereológico”, un rock de road movie en donde “besarte es un huracán… y a mi boda fueron todas menos tú”, quizás la canción más alegre del disco.
Llega el turno de “Ay Carmela”, un vals que le canta al amor, que no se cansa de hablar “aunque pronto mi voz suene a grano de arroz repetido y desampararte es jugar a los juegos de azar del olvido”, un Sabina puro y genuino, sincero. Quizás más calmado pero no por eso menos sagaz, con versos que son una celebración de la palabra precisa.
En “Virgen de la amargura”, Sabina se juega a los dados la suerte y “solo baila en las fiestas donde tocan la música del vals de los ahorcados”, reclamando algunas noches perdidas, “facturas, calenturas y heridas sin suturas”.
“Agua pasada” nos dice que “lo peor del amor cuando termina son las habitaciones ventiladas, el solo de pijamas con sordina, la adrenalina en camas separadas”, esas canciones de amor que “andan rondando ya por las aceras, las tocan las orquestas de los tristes pa que baile don nadie con cualquiera”. Sabina en su máxima expresión.
Arribamos a “Vinagre y rosas” y el disco sigue con su tranquilidad, con su nostalgia tanguera y un aire blusero que nos sumerge en calle melancolía, porque “hay mariposas de arrabal, que nunca aprenden a volar, vinagre y rosas a la hora de cenar”. Una de las mejores canciones del disco.
Para romper un poco con este clima, nos cruzamos con “Embustera”, otro rock en compañía de los amigos de Pereza, en donde “contigo he comprendido que la humedad es algo que se seca y se olvida. Gracias a ti he sabido que la verdad es sólo un cabo suelto de la mentira. Por eso sé que perderte no era quedarse sin nada, la muerte es sólo la suerte con una letra cambiada”.
“Nombres impropios” es un jazz que advierte que “ya sabes como soy y si quieres me voy dijo cuando acabó de desnudarse… se llamaba Herejía, cómo voy a saber si me engañaba cuando me mentía”. Ya cerca del final, en “Menos dos alas”, hay un homenaje al poeta español Ángel González que “cuando volvía del extranjero, tan forastero, a las dos no era de día, a las seis ya era de noche, viva el derroche, muera el dinero y le aplaudían los camareros”.
Arribamos a “Crisis”, un potente rock and roll que toca un tema que está en boca de todos con la óptica de Joaquín, con “crisis en la luna, la diosa fortuna debe un año de alquiler…crisis en la moda, firma y no me jodas, esta no es nuestra canción”.
Ya arribando al final, nos encontramos con “Blues del alambique”, otra canción tranquila e intimista: “me busqué, te perdí, derrapé, malviví, todo es tan extraño”.
La última canción es un bonus track, “Violetas para Violeta”, una versión de “La carta”, en donde Joaquín canta que “desde que se fue Violeta, enlutando la poesía, se ensañan con los poetas las faltas de ortografía…porque los pobres no somos ricos, ni el cobre es más que la greda, la libertad cierra el pico, desde que hay toque de queda, pregúntale a los milicos que hicieron en
Volvió Sabina. El de siempre, el que le permiten los años y la experiencia, con un disco tranquilo “aperezado”, diría Fito Páez. Joaquín, el poeta que no claudica y dispara con lo que le queda de voz un flechazo a los sentimientos. Sabina en estado puro, con más calma pero con la misma sutileza e ironía, con “Vinagre y rosas”. Como en la vida, supongo.
Horacio Beascochea
La verdad que este ùltimo trabajo de Sabina lo he oido poco y la no me ha llegado como otros trabajos suyos...igual las letras aùn no las leì o no entendì si poesia urbana....un abrazo
ResponderSuprimirfus