jueves, 31 de diciembre de 2009

Las palabras

“…hay palabras como peces, algunas oscuras, otras luminosas, y algunas pesadas, que se vuelven aéreas cuando otra las toca. Con esos peces se va haciendo el texto. El que escribe bucea y atrapa y vuelve a la superficie, donde amasa, ordena, construye, discurre y luego se vuelve a sumergir.”
(Graciela Montes, 
escritora)


El Amor
“ “Que hay otro ser por el que miro el mundo,
porque me está queriendo con sus ojos.”
Pedro Salinas, poeta español

martes, 29 de diciembre de 2009

El ritual de ser otros por un rato

Llega el verano y todos nos inventamos algo de tiempo para la lectura y el esparcimiento. Recurrimos a las recomendaciones de diarios, suplementos literarios o revistas de cultura y a veces nos reencontramos con textos que han quedado pendientes, como si nos uniera algún lazo con los libros que dejamos inconclusos. 


Cualquiera sea la opción elegida, lo importante es celebrar un ritual que no tiene fin: el encuentro de un lector con su libro. Creo que los buenos comienzos son garantías de buenas obras. Por supuesto, esta afirmación no puede ser tajante. Escribo estas líneas y recuerdo aquello de “¿Encontraría a la Maga?”. Razones más que suficientes para saber que estamos a punto de sumergirnos en libros que no pasarán desapercibidos. 


Como escritor me he preguntado qué es lo que atrapa a un lector. Sería tentador y pedante afirmar que sólo es nuestro trazo. Siempre hay algo más: una historia personal, un universo ficcional, las expectativas previas depositadas en una obra y la relación mágica que hay con el objeto libro, con la posibilidad de sentirnos otros por un rato, de sumergirnos en voces y mundos que se develan ante nosotros con sólo pasar las páginas. 


Publico una pequeña colaboración que saliera impresa en la edición del domingo 27 de diciembre en el diario La Mañana de Neuquén. Agradezco al periodista Pablo Montanaro, por solicitarme el texto para el diario.



sábado, 26 de diciembre de 2009

Ellos

Creo que este poema merece una explicación: Quise recuperar a la poeta que había en mi mamá. Sé que más allá de cualquier mérito literario, este poema es muy íntimo y personal. Por eso me permito publicarlo. Espero sepan disculparme.



Mis hijos de la escuela regresaron ya
jugando felices en el patio están,
Dios mío, te pido me ayudes
y me des las fuerzas para continuar.
¿Es egoísmo lo que tengo yo
qué solo en mis penas me deja pensar?
¿Acaso me gusta sentirme afligida?
Y mostrarle a ellos; que hoy su mamá
no es lo que era antes,
no quiere jugar,
perdonen queridos.
Es que por ustedes yo debo cambiar.
No quiero que tengan penas en la infancia,
quiero que felices, mañana recuerden
lo vivido hoy.
Los dos representan todo en mi vida.
A veces castigo vuestras travesuras
y aunque parezca que estoy enojada
mucho me cuesta
dejarlos llorar.
Disfruten queridos de todo lo lindo que la vida da,
los años felices de la tierna infancia
difícil se pueden jamás olvidar.
Por eso, yo debo dedicarme a ustedes
y hacerlos felices, confiados y buenos
y sin falsedad
para que mañana,
cuando sean hombres,
ninguna desgracia
los pueda doblar.
Quiero que sean hombres.
Hombres de verdad.

Silvia Ibarguren  

viernes, 25 de diciembre de 2009

Diciembre y sus días

Ajeno,
todavía extrañado,
alivio tu ausencia
con una foto de sonrisa franca
y regocijo en la mirada.


Como dice Sor Juana Inés de la Cruz en su Carta Atenagórica, “¿Qué dolor hay en la ausencia, sino una carencia de la vista de lo que se ama?… El ausente siente solo no ver lo que ama, pero ni siente otro daño en sí, ni en lo que ama; el que muere o ve morir, siente la carencia y siente la muerte de su amado, o siente la carencia de su amado y la muerte propia… es mayor dolor la muerte que la ausencia: porque la ausencia es sólo ausencia; la muerte, es muerte y es ausencia”.


Supongo que cuesta acostumbrarse a las ausencias definitivas. En mi caso, como la piedra que abrasa el río, el tiempo ha hecho su trabajo y he dejado de hacerme preguntas sin respuestas. Algo de terapia y la certeza de que hay que seguir transitando un camino sinuoso e imprevisible han conseguido cerrar una herida que se resiente con mayor o menor intensidad, según los años.


Mi madre fue una de las responsables para que me acercara a la literatura. Era común recibir libros como regalos de cumpleaños, obras en versiones juveniles de Stevenson, Verne, Twain y Salgari, uno de mis autores favoritos. Me fascinaban las historias de Sandokan y sus Tigres de la Malasia, tanto que el que atendía la biblioteca pública me decía “Salgari”. Todavía no sé si era un elogio o una forma elegante de lo que para algunos es una “pérdida de tiempo”.


Empecé a escribir en la adolescencia. Poemas de difícil digestión que fueron alentados desde el primer momento por mi mamá, pese a que había ingresado en el Colegio Comecial, “para tener un futuro” que mis padres veían cercano a los asientos y libros contables.


Craso error. Tanto mi hermano como yo, nos volcamos hacia las Humanidades. En mi caso, tardé un tiempo en darme cuenta que lo que quería era contar historias, escuchar voces de personas comunes, reivindicar malones y caciques, prestarle un oído a los olvidados de siempre.


El poema de mi mamá que transcribo debajo, lo rescaté del olvido. Todavía recuerdo la mañana (o tarde, no importa tanto) en que ella pasó sus poemas en limpio en un block de cartas, luego de que se había animado a mostrar sus escritos a unos inescrupulosos vendedores de libros que – esto lo deduje tiempo después – con tal de venderle una enciclopedia sobre geografía, le solicitaron por favor que recopilara sus poemas,  que ellos vendrían a buscarlos para presentárselos a un editor.


Obviamente, nunca volvieron, pero la imagen de mi mamá pasando esos poemas me acompaña a veces. Había esperanza, ilusiones, sueños, pese a su diabetes implacable que amenazaba con dejarla ciega y que la hacía estar pendiente de una bomba de insulina, una aguja continuamente conectada a su estómago que le graduaba la dosis necesaria para intentar llevar una vida normal. Si es que podía llamarse normal el pincharse los dedos cada tres o cuatro horas para comparar en unas cintas radioactivas, el nivel de glucosa en su sangre.


A los 42 años se rindió. Supongo que se fue muy preocupada por dejarnos solos pero habría que avisarle que se quede tranquila. Que hemos seguido con nuestra vida y que “bastante derechitos salimos”, como me dijo una vez la abuela.


Bueno, los dejo con las palabras de mi mamá. Me permito (luego de consultarlo con mi hermano) publicar este poema mientras intento hacerle entender a mi hija de 3 años que ella, pese a ser tan joven, es también es su abuela. Albergo la esperanza de que pueda entenderlo con el paso del tiempo y que se adueñe de una imagen grata, como la que guardamos aquellos que la quisimos mucho.

Ellos

Mis hijos de la escuela regresaron ya
jugando felices en el patio están,
Dios mío, te pido me ayudes
y me des las fuerzas para continuar.
¿Es egoísmo lo que tengo yo
qué solo en mis penas me deja pensar?
¿Acaso me gusta sentirme afligida?
Y mostrarle a ellos; que hoy su mamá
no es lo que era antes,
no quiere jugar,
perdonen queridos.
Es que por ustedes yo debo cambiar.
No quiero que tengan penas en la infancia,
quiero que felices, mañana recuerden
lo vivido hoy.
Los dos representan todo en mi vida.
A veces castigo vuestras travesuras
y aunque parezca que estoy enojada
mucho me cuesta
dejarlos llorar.
Disfruten queridos de todo lo lindo que la vida da,
los años felices de la tierna infancia
difícil se pueden jamás olvidar.
Por eso, yo debo dedicarme a ustedes
y hacerlos felices, confiados y buenos
y sin falsedad
para que mañana,
cuando sean hombres,
ninguna desgracia
los pueda doblar.
Quiero que sean hombres.
Hombres de verdad.


Silvia Ibarguren   

domingo, 20 de diciembre de 2009

Con la fortaleza de la diversidadMujeres y hombres de diferentes regiones convergen en Rincón. Ese nuevo tejido social se hace fuerte frente a las adversidades. Mientras construye su identidad, el pueblo reclama reconocimiento.




Sentado bajo el gran sauce, Don Lucho Tapia sintió una extraña vibración. Miró hasta donde le alcanzaba la vista y no descubrió nada. Sin embargo, la tierra seguía vibrando. Escudriñó el horizonte y la nube de polvo ganó en espesura, tomando la forma de un camión colmado de mercaderías que se empeñaba en llegar a su destino. "Buen día Don, ¿Esto es Rincón de los Sauces?". El puestero asintió y se acercó a los recién llegados. Algo cambiaba para siempre desde que la palabra petróleo comenzó a ser cotidiana y multiplicó la llegada de hombres y equipos de perforación.

El paso del tiempo y la promesa de un futuro promisorio ligado a la extracción de hidrocarburos, crearon las condiciones ideales para la fundación de Rincón de los Sauces, localidad ubicada a 237 kilómetros de Neuquén capital y una de las principales generadoras de riquezas para la provincia.

Su importancia a nivel provincial no se ve reflejada como debiera en la ciudad y si el viento hace de las suyas, la tierra hace imposible transitar por las calles, casi como hace 38 años. Como si el tiempo no hubiese pasado y la gente siguiera arribando a la ciudad para "probar suerte" e irse a los pocos meses.

"Éste debería ser el pueblo número uno de la provincia y acá no hay nada. Rincón es la vaca lechera de todo Neuquén, te da el petróleo y el gas, todo sale de acá y no vuelve nada", sostiene más de un vecino cuando se le pregunta sobre el tema.

El petróleo fundó esta ciudad y trajo sueños y esperanzas. También la certidumbre que gracias al esfuerzo propio y al trabajo, se puede vivir con dignidad. Junto a las ilusiones, llegó esa sensación para algunos de "estar de paso", de quedarse por un tiempo, hacer una diferencia económica y abandonar el lugar, invirtiendo poco y nada en su estancia en la capital de la energía.

No todos son así. Hay mucha gente que se queda en Rincón. Y vive, y siente. Como lo prefiguró Pedro Sánchez, primer presidente de la cámara de fomento, el hombre que se propuso fundar un pueblo y vaya si lo consiguió. "El que conoce Rincón ahora no tiene ni idea de cómo era antes. Todo era arena. Y era terrible el viento que soplaba. El de su fundación no pudimos llegar a la plaza", contó alguna vez.

Esos comienzos no estuvieron exentos de dificultades y fueron resueltos con imaginación y audacia, aunque algunas veces el desaliento fuera mayor que la esperanza. "Aquello era el Far West", recuerda Sánchez. "Pero todos éramos jóvenes y teníamos muchas ganas de hacer cosas".

Si alguien afirmara que "se curaba por la radio" siguiendo las instrucciones de los médicos desde Buta Ranquil o que había pioneros recién llegados como Vicente Landete o Raúl Torrecillas, que construían las paredes de sus casas durante el día y el viento se las volteaba durante la noche, pensarían que el cronista exagera, pero ése fue el comienzo de Rincón de los Sauces. El petróleo pareció abarcarlo todo y la gente comenzó a llegar para forjar el mañana, soñando un futuro con escuelas, servicios, y trabajo, sobre todo trabajo.

Así fue creciendo la ciudad. Con una explosión demográfica increíble y los humores de la actividad petrolera. "Cuando escuché por primera vez el nombre de Rincón de los Sauces lo busqué en el mapa y no lo encontré", dijo Carlos Parada, quien llegó en 1978 a instalar un corralón y hoy es uno de los comerciantes más prósperos de la ciudad.

Pero, ¿Qué lleva a una persona a internarse en el medio del desierto a "probar suerte"?; ¿Esperanza? ¿Una nueva oportunidad? ¿Soñar con una vida digna? No lo sé en realidad, pero el aura que rodea a Rincón de los Sauces como tierra de oportunidades continúa vigente y mucha gente la sigue considerando una opción para mejorar su vida. Aunque ya no sea tan sencillo como antes.

Esta fama ha logrado que aquí coincidan personas de diversos puntos del país. Entonces nadie puede sorprenderse cuando nos encontramos con una comunidad boliviana que comparte su cultura e idiosincrasia con el resto de los habitantes o toparse en la calle con un ex integrante de los famosos "Titanes en el Ring", un parapsicólogo muy consultado.

Menos debiera sorprender las historias de trabajadores petroleros que fabrican cuchillos en sus ratos libres o que cuentan la historia de la ciudad en versos. "Aprendí a escribir en papel madera, en papel harinero y con carbón. Después ya pude comprar cuadernos y una goma de borrar blanca", cuenta Bartolomé Hernández, puestero hasta los 19 años y petrolero desde 1971.

Todo es posible en Rincón. Y sorprendente. Neuquinos, rionegrinos, pampeanos, santafesinos, rosarinos, cordobeses, mendocinos, sanjuaninos, todos aportan su grano de arena para que la ciudad siga con su crecimiento sostenido, pese a las adversidades y un año que no ha sido de los mejores. Quizás el secreto de tanta insistencia se encuentre justamente en esta diversidad, en ese tejido social que crea un temple a prueba de desalientos, que obliga a no bajar los brazos y mirar el futuro con esperanza.

Esta nota fue publicada el día de hoy en el suplemento aniversario de la localidad de Rincón de los Sauces del Diario "Río Negro".  La foto es la de su edición impresa y web. Agradezco a Horacio Lara, por invitarme a colaborar con la edición aniversario de la localidad petrolera.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Comienzos de novelas III


"La sombra del viento". Si uno de los fines de la literatura es contar una buena historia, ésta te invita a que no te despegues del texto, pese a que algunos críticos (envidiosos) lo relativizan por ser un “best seller”.  En lo particular, me parece un excelente narrador y esta novela, junto a “El juego del angel”, son dos buenas oportunidades para adentrarse en el universo narrativo de Carlos Ruiz Zafón.


“La sombra del viento”
 1 - EL CEMENTERIO DE LOS LIBROS OLVIDADOS


Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido.
––Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie ––advirtió mi padre––. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.
––¿Ni siquiera a mamá? ––inquirí yo, a media voz.
Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra por la vida.
––Claro que sí ––respondió cabizbajo––. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo.
Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi madre. La enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo lloraba le faltó la voz para responderme. Seis años después, la ausencia de mi madre era para mí todavía un espejismo, un silencio a gritos que aún no había aprendido a acallar con palabras. Mi padre y yo vivíamos en un pequeño piso de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El piso estaba situado justo encima de la librería especializada en ediciones de coleccionista y libros usados heredada de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que algún día pasaría a mis manos. 
Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos. De niño aprendí a conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la penumbra de mi habitación las incidencias de la jornada, mis andanzas en el colegio, lo que había aprendido aquel día… No podía oír su voz o sentir su tacto, pero su luz y su calor ardían en cada rincón de aquella casa y yo, con la fe de los que todavía pueden contar sus años con los dedos de las manos, creía que si cerraba los ojos y le hablaba, ella podría oírme desde donde estuviese. A veces, mi padre me escuchaba desde el comedor y lloraba a escondidas.  Recuerdo que aquella alba de junio me desperté gritando. El corazón me batía en el pecho como si el alma quisiera abrirse camino y echar a correr escaleras abajo. Mi padre acudió azorado a mi habitación y me sostuvo en sus brazos, intentando calmarme.
––No puedo acordarme de su cara. No puedo acordarme de la cara de mamá ––murmuré sin aliento.
Mi padre me abrazó con fuerza.
––No te preocupes, Daniel. Yo me acordaré por los dos.
Nos miramos en la penumbra, buscando palabras que no existían. Aquélla fue la primera vez en que me di cuenta de que mi padre envejecía y de que sus ojos, ojos de niebla y de pérdida,  siempre miraban atrás. Se incorporó y descorrió las cortinas para
dejar entrar la tibia luz del alba.
––Anda, Daniel, vístete. Quiero enseñarte algo ––dijo.
––¿Ahora? ¿A las cinco de la mañana?
––Hay cosas que sólo pueden verse entre tinieblas ––insinuó mi padre blandiendo una sonrisa enigmática que probablemente había tomado prestada de algún tomo de Alejandro Dumas.
Las calles aún languidecían entre neblinas y serenos cuando salimos al portal. Las farolas de las Ramblas dibujaban una avenida de vapor, parpadeando al tiempo que la ciudad se desperezaba y se desprendía de su disfraz de acuarela. Al llegar a la calle Arco del Teatro nos aventuramos camino del Raval bajo la arcada que prometía una bóveda de bruma azul. Seguí a mi padre a través de aquel camino angosto, más cicatriz que calle, hasta que el reluz de la Rambla se perdió a nuestras espaldas. La claridad del amanecer se filtraba desde balcones y cornisas en soplos de luz sesgada que no llegaban a rozar el suelo. Finalmente, mi padre se detuvo frente a un portón de madera labrada ennegrecido por el tiempo y la humedad. Frente a nosotros se alzaba lo que me pareció el cadáver abandonado de un palacio, o un museo de ecos y sombras.
––Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.
Un hombrecillo con rasgos de ave rapaz y cabellera plateada nos abrió la puerta. Su mirada aguileña se posó en mí, impenetrable.
––Buenos días, Isaac. Éste es mi hijo Daniel ––anunció mi padre––. Pronto cumplirá once años, y algún día él se hará cargo de la tienda. Ya tiene edad de conocer este lugar.
El tal Isaac nos invitó a pasar con un leve asentimiento. Una penumbra azulada lo cubría todo, insinuando apenas trazos de una escalinata de mármol y una galería de frescos poblados con figuras de ángeles y criaturas fabulosas. Seguimos al guardián a través de
aquel corredor palaciego y llegamos a una gran sala circular donde una auténtica basílica de tinieblas yacía bajo una cúpula acuchillada por haces de luz que pendían desde lo alto. Un laberinto de corredores y estanterías repletas de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando una colmena tramada de túneles, escalinatas,
plataformas y puentes que dejaban adivinar una gigantesca biblioteca de geometría imposible. Miré a mi padre, boquiabierto. Él me sonrió, guiñándome el ojo.
––Daniel, bienvenido al Cementerio de los Libros Olvidados.
Salpicando los pasillos y plataformas de la biblioteca se perfilaban una docena de figuras. Algunas de ellas se volvieron a saludar desde lejos, y reconocí los rostros de diversos colegas de mi padre en el gremio de libreros de viejo. A mis ojos de diez años, aquellos individuos aparecían como una cofradía secreta de alquimistas conspirando a espaldas del mundo. Mi padre se arrodilló junto a mí y, sosteniéndome la mirada, me habló con esa voz leve de las promesas y las confidencias.
––Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro,  cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada
por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace  ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quiénes lo crearon.
Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes,  nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu. En la tienda nosotros los vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no tienen dueño. Cada libro que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien. Ahora sólo nos tienen a nosotros, Daniel. ¿Crees que vas a poder guardar este secreto?
Mi mirada se perdió en la inmensidad de aquel lugar, en su luz encantada. Asentí y mi padre sonrió.
––¿Y sabes lo mejor? ––preguntó.
Negué en silencio.
––La costumbre es que la primera vez que alguien visita este lugar tiene que escoger un libro, el que prefiera, y adoptarlo, asegurándose de que nunca desaparezca, de que siempre permanezca vivo. Es una promesa muy importante. De por vida ––explicó
mi padre ––. Hoy es tu turno.

Comienzos de novelas II

Vamos con otro inicio que me parece excelente:

Gabriel García Márquez, “El amor en los tiempos del cólera”


Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro.
Encontró el cadáver cubierto con una manta en el catre de campaña donde había dormido siempre, cerca de un taburete con la cubeta que había servido para vaporizar el veneno. En el suelo, amarrado de la pata del catre, estaba el cuerpo tendido de un gran danés negro de pecho nevado, y junto a él estaban las muletas. El cuarto sofocante y abigarrado que hacía al mismo tiempo de alcoba y laboratorio, empezaba a iluminarse apenas con el resplandor del amanecer en la ventana abierta, pero era luz bastante para reconocer de inmediato la autoridad de la muerte. Las otras ventanas, así como cualquier resquicio de la habitación, estaban amordazadas con trapos o selladas con cartones negros, y eso aumentaba su densidad opresiva. Había un mesón atiborrado de frascos y pomos sin rótulos, y dos cubetas de peltre descascarado bajo un foco ordinario cubierto de papel rojo. La tercera cubeta, la del líquido fijador, era la que estaba junto al cadáver.
Había revistas y periódicos viejos por todas partes, pilas de negativos en placas de vidrio, muebles rotos, pero todo estaba preservado del polvo por una mano diligente. Aunque el aire de la ventana había purificado el ámbito, aún quedaba para quien supiera identificarlo el rescoldo tibio de los amores sin ventura de las almendras amargas. El doctor Juvenal Urbino había pensado más de una vez, sin ánimo premonitorio, que aquel no era un lugar propicio para morir en gracia de Dios. Pero con el tiempo terminó por suponer que su desorden obedecía tal vez a una determinación cifrada de la Divina Providencia.

Confieso que “el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados” es una frase que me sigue maravillando. Es una gran historia de amor, no descubro nada nuevo, supongo.

martes, 8 de diciembre de 2009

Comienzos de novelas I

Creo que las primeras palabras de una novela son una buena excusa para continuar leyendo una obra. Igualmente, debo aclarar que esta afirmación no es categórica, pues también hay muchos comienzos de textos no me llamaban la atención y luego de cierta dosis de paciencia, se descubre una buena historia.  
Pero, volviendo al primer punto, hay comienzos de obras que me parecen fascinantes y transcribo uno: las primeras palabras de “El farmer”, de Andrés Rivera. Los dejo con Juan Manuel de Rosas y su vida en el exilio inglés.
De yapa, una crítica propia del libro, realizada en la mi época de alumno universitario.


 “El farmer”, de Andrés Rivera

No fumo. No tomo vino ni licor alguno. Ni rapé. No asisto a comidas. No visito a nadie. No recibo visitas: lord Palmerston me visitó siete veces en doce años.
No voy al teatro. No paseo.
Mi ropa es la de un hombre común.
En mis manos y en mi cara se lee, como en un libro abierto, cuál es mi trabajo durante los treinta santos días del mes.
Uso botas.
Mi comida es un pedazo de carne asada. Y mate.
No tengo mujer.
No ando de putas.
Soy un campesino que escribe diez cartas diarias.
Soy un campesino que escribe un Diccionario.
El general Bartolomé Mitre, que pretendió traducir, me dicen, a un poeta blasfemo, declaró que yo fui el representante de los grandes hacendados y jefe militar de los campesinos.
¿Dónde vio campesinos, el general Mitre, en el país que supo darnos España?
Aquí, sí, soy un campesino que toma mate, sentado junto al brasero, que tiene frío, el campesino, sentado junto al brasero.
Soy un campesino, aquí, en el condado de Swanthling, reino de la Gran Bretaña, a dos leguas escasas de Southampton, y a muchas más leguas de las que uno puede imaginar de mis pagos de Monte, la tierra de mis padres, y de los padres de mis padres.
Y si pronuncio mi nombre por estos campos de la desgracia, ¿quién sabrá decir: ahí va un hombre cuyo poder fue más absoluto que el del autócrata ruso, y que el de cualquier gobernante en la tierra?
Soy Juan Manuel de Rosas.

El fuego de los recuerdos

Cuando el presente se convierte en un enigma, la ficción se vuelca hacia el pasado en busca de respuestas. Este procedimiento, recurrente en muchos escritores, ha dotado a ciertas novelas de un valor singular; sobre todo, a las que se preguntan por hechos o personajes polémicos.
Un ejemplo de ello es El farmer, de Andrés Rivera, obra que cuenta un día en la vida de Juan Manuel de Rosas, exiliado y solitario en algún lugar de Escocia.  Esta novela histórica, como tantas otras, escoge como referente un personaje del pasado y lo ficcionaliza,  poniendo  en relieve los momentos más importantes en la vida del Restaurador.
Con una prosa concisa y demoledora, el autor de La revolución es un sueño eterno repasa la vida de Rosas, uno de los hombres más polémicos de la historia argentina. Para ello, imagina a un hombre viejo, abatido y mendicante, que recuerda con amargura los momentos más importantes de su existencia.
Mediante el uso de un monólogo frío, el ex gobernador de la Confederación Argentina  alimenta el fuego de su cabaña y de su memoria, evocando sus acciones. Conjuntamente con el paso de las horas, Rosas rememora aquellos hechos que han calado hondo en su espíritu. Así, recuerda su relación lasciva con Manuelita, la pasión por su amante María Eugenia Castro, Urquiza, el Almirante Brown, la traición de sus hombres de confianza, la Campaña del Desierto, etc.
Desde el comienzo, el autor nos plantea una atmósfera cargada de nostalgia y remembranzas:

¿Cómo es Buenos Aires, mi general?
Lluviosa como un recuerdo.

Junto al crepitar de las llamas, fluyen los recuerdos del Restaurador La temática del recuerdo no es nueva en la prosa latinoamericana. Silvia Molloy, en su artículo La autobiografía como historia: una estatua para la posteridad, plantea que desde sus orígenes, Hispanoamérica tiende a la reminiscencia y cita como ejemplos a Funes el memorioso, de Borges; Artemio Cruz, de Carlos Fuentes o Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Por razones diferentes, todos ellos  recuerdan y hacen de sus recuerdos un relato vivo. Además, la autora agrega:

“Toda ficción es, claro está, recuerdo. La novelística hispanoamericana acepta esa condición general y elige destacarla poniendo de relieve, a menudo dentro del relato mismo, la figura del recordante. [...] En cierta medida, gracias a esos personajes que suelen acompañar sus recuerdos con una meditación fecunda, ya explícita, ya tácita, sobre el carácter elusivo de la propia memoria, buena parte de la ficción hispanoamericana adquiere su textura ricamente reflexiva.”[1]

En esa línea del recuerdo y los relatos reflexivos, se inscribe El farmer y su discurso crudo y sin concesiones. Colabora con ello un relato en primera persona, una suerte de autobiografía cruel dotada de un discurso íntimo y privado que resalta la figura de un Rosas abatido y melancólico.
A medida que el lector avanza en la lectura de la obra, la voz del personaje se torna dura, lapidaria, se alude a la cobardía incondicional de los argentinos, o a la traición de sus amigos que [...] Querían paz. Y la paz, para mis amigos, era la próspera y tranquila prosecución de sus negocios prósperos y tranquilos.
Con cada afirmación y cada sentencia, Rivera nos pregunta sobre nosotros y nuestra historia, pero por sobre todo, nos pregunta sobre un presente incierto y enigmático, como los últimos días del farmer – granjero, labrador, hacendado – en el frío invierno escocés.




Bibliografía Consultada:

·        Rivera, Andrés, “El farmer”, Buenos Aires, Alfaguara, 1996
·        Molloy, Silvia, “La autobiografía como historia, una estatua para la posteridad”, en “Acto de presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica, México, Tierra Firme, 1996
·        Jitrik, Noé, “Historia e imaginación literaria. Las posibilidades de un género, Bs. As, Biblos, 1995.



[1] Molloy, Silvia, “La autobiografía como historia, una estatua para la posteridad”, en “Acto de presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica, México, Tierra Firme, 1996

martes, 1 de diciembre de 2009

Nosotros


Un bostezo del alma enciende la noche

y una lechuza surca el cielo,

las estrellas azules alumbran un silencio,

y el universo gira

eterno, indolente, maravilloso.

Y nosotros seguimos juntos,

las manos entrelazadas, las voces compartidas

alimentan una tarde lánguida

que sabe a apuesta imposible,

a porfía de un amor que persiste

los rumores del tiempo.

Letras contra la discriminación

El pasado viernes 27 de noviembre anduve de paseo por mis pagos natales, donde la querencia se hace grande y los amigos siguen ahí, para recibir el segundo premio en la categoría cuento y una mención en poesía, en un concurso literario organizado por la editorial “Voces” de la Cooperativa Popular de Electricidad de Santa Rosa, en conjunto con la Universidad Nacional de La Pampa y el INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación). Mi cuento “Salinas Grandes”, obtuvo el segundo premio, mientras que el primero fue para “Dos gotas de agua” de Lisa Andrea Segovia, una ex compañera de la escuela primaria. Para mi sorpresa – porque lo considero un género al que me cuesta arrimarme – el jurado también consideró que mi poema “Nosotros” era digno de una mención en poesía, galardón que me llena de orgullo, sobre todo porque no me considero muy habilidoso en lides contra versos y rimas.
Volver a Santa Rosa me despierta siempre un sinnúmero de sensaciones que quedarán para una próxima publicación en línea. Por ahora, los dejo con los galardonados.

Salinas Grandes

La planicie era eterna. La tierra se unía al cielo en el horizonte y provocaba la angustia de don Álvaro Díaz, comerciante, mercenario por vocación, súbdito de la Corona por conveniencia y cristiano militante a la hora de imaginar un futuro venturoso en una tierra indómita.

Sus hombres marchaban en silencio. Habían callado desde que dejaran atrás la última colonia española y padecían resignados el sol de diciembre. Los más osados murmuraban. Murmullos de motín contra la insensatez del colonizador. La mayoría dejaba oír un silencio resignado, de cordero rumbo al matadero.

Don Álvaro maldecía su suerte. Hidalgo venido a menos, se había embarcado hacia la tierra prometida, hacia el continente “de sirenas semidesnudas, con dientes de oro y collares de diamantes”, al mundo de riquezas que el español debía tomar para sí porque Dios lo había designado.

Y el espejismo se esfumó al hacer pie en la Colonia. Bastó con ver el fuerte de palos y los perros macilentos royendo viejos huesos. Todo parecía muerto., hasta la mirada de los contados soldados que los recibieron con apatía. Suficiente para darse cuenta de que la travesía que lo había arrojado fuera de España había sido el peor desacierto de su vida.

Un día oyó a los indios. Cuchicheaban entre sí, recordando los campos blancos, los granos que tomaban del suelo y servían para conservar el tasajo y sazonar los alimentos. Y no dudó Don Álvaro. Un infeliz le confesó a fuerza de tormentos que los campos estaban hacia donde moría el sol, a varias lunas de distancia. Y con la promesa de perdonar la vida de sus hijos, lo obligó a que lo condujera a la Salina.

El guardián de la Salina observó la caravana de andrajos recortada sobre el horizonte. Había dado la voz de alerta y les recordó a los suyos que los animales que estaban bajo los hombres barbados no eran dioses. Sólo grandes perros que hacían temblar la tierra con su galope y acortaban leguas entre toldería y toldería. Por lo menos, así lo aseguraba el sobreviviente de una matanza.

No había presentes para los invasores. Ni sonrisas. Y menos piedad. La sangre de los muertos le habían enseñado a los pampas que la única convivencia posible con los blancos era la muerte, que lo único que podían ofrecer eran caballos. Y mujeres de piel blanca.

Un grito de júbilo alertó a don Álvaro. Uno de sus hombres señaló alborozado el gran manto blanco que apareció de la nada en el horizonte. El nerviosismo de los animales debió alertar a los hombres, pero la ambición era mayor que la precaución de invadir un terreno inhóspito.

La tierra plana se rindió ante la osadía de los intrusos y les permitió acercarse a los médanos de sal mientras el aire se tensaba y el silbido de unas boleadoras destrozaba el cráneo del traidor que había traído a los blancos a tierra sagrada.

Una lluvia de chuzas oscureció el sol e hizo blanco en los hombres de barba y polvo. Algunos alcanzaron a desenfundar sus armas y disparar a discreción, había demasiados conas para no dar en el blanco. Don Álvaro intuyó que sería derrotado en poco tiempo y desenvainó su espada. No moriría sin dar pelea.

La llanura se transformó en un tembladeral de galopes y alaridos, con indios parados sobre sus monturas que se cansaban de clavar tacuaras y pisotear cuerpos. Una gran nube de polvo se adueñó del combate y se sintió la llegada de Gualichu en forma de gritos y disparos.

De pronto la indiada se retiró.

Los gritos de júbilo de los sobrevivientes se acallaron cuando comprendieron lo sucedido. Los indios se habían llevado los víveres, el agua y los caballos, dejándolos solos en la inmensidad del salitral.

Don Álvaro recogió un puñado de sal del suelo y lo dejó escurrir entre sus dedos. Por esos granos había hecho un largo viaje y esos granos lo habían matado, si es que los indios no regresaban antes para terminar su tarea.

Cuentan los pampas que la tierra plana fue clemente y se llevó a los intrusos en pocos días, pero nada fue igual. La llegada del huinca a la Salina anunció los tiempos que vendrían. Soles de guerra y resistencia, de grandes jefes pampas que darían todo por su tribu y que todavía parecen elevar su voz, cuando las ramas de los caldenes se chocan entre sí y azuzan los fantasmas de la llanura y los arenales.