Este espacio virtual también me ha permitido contactarme con gente de buena parte del mundo, conocer a otras personas a las que también les parece válido perder el tiempo delante de un teclado y tratar de contar lo que nos pasa. Da cierto alivio pensar que no soy el único.
Para esta oportunidad, escribiremos un poco sobre el policial negro y, particularmente, sobre Raymond Chandler, escritor norteamericano que admiro mucho, quizás por influencia de Osvaldo Soriano y – también debo decirlo – gracias a algunos profesores de la Universidad Nacional del Comahue, sobre todo los de la cátedra de Teoría y Análisis de Textos.
De Chandler, y sobre todo de su personaje principal, el detective privado Philipp Marlowe, diremos que es una especie de Quijote del siglo XX, un tipo que tiene debilidad por los marginados sociales, las putas y los perdedores de siempre.
Los que descarta la historia, en realidad.
Marlowe es un detective al que odian tanto los policías como los malhechores y es el que recibe siempre los primeros golpes. Pero resuelve todos los casos, pese a que siga pistas falsas, parezca estar siempre equivocado y no tenga la certeza infalible de Sherlock Holmes. Es un romántico incurable, un justiciero que intenta equilibrar con sus acciones un mundo desquiciado y violento.
Les dejo, primero un análisis del policial negro que publiqué hace algo de tiempo en una revista amiga y luego dos fragmentos de “El largo adiós”, una de las tantas novelas excelentes de Raymond Chandler.
Ah, luego de renegar un poco, le agregué música al blog. Espero que disfruten de la canción.
El tiempo pasa y el género no pierde adeptos. Es más, siempre es una buena excusa para iniciar a desganados y aburridos en la lectura. El relato policial, nacido a mediados del siglo XIX bajo la pluma genial de Edgar Alan Poe, mantiene su vigencia y sigue sumando adeptos.
En el año 1841 se publica el cuento "Los crímenes de la calle Morgue", el puntapié inicial de un género que ha atravesado todas las fronteras. Superó la literatura y se adueñó de la T.V., el cine - con películas buenas y malas - series, noticieros e historietas. La trama de Poe es simple: un hombre es asesinado y todas las pistas apuntan hacia un suceso mágico, inexplicable, aunque después se resuelva con una lógica de hierro.
Entre las condiciones necesarias para el nacimiento de este tipo de relatos se encuentra en el surgimiento de las grandes ciudades y de las masas de población hacinadas a su alrededor, producto de la consolidación del capitalismo como sistema de vida. De pronto, el otro, el que está a nuestro lado es un desconocido, si es un desconocido, puede ser peligroso y si es peligroso, aflora el miedo a lo inexplicable.
La masa produce anonimato, es el lugar perfecto para ocultarse y actuar con impunidad. Son los tiempos del flâneur, el vagabundo desconocido que todo lo ve desde su mirada entre escéptica y resignada, condenado a vagar por una ciudad que no lo quiere y lo ha excluido sin miramientos.
Pero no es sólo eso. El relato policial inviste de sentido a un hecho aberrante como es un crimen, una muerte violenta. Es necesario "encausar" los actos irracionales, los desvíos sociales, según el pensamiento de la época. La novela policial es un producto de las ciudades modernas y los crímenes son un síntoma de los desórdenes sociales.
Ahora bien, para explicar esos "desórdenes", el hombre aplica las leyes de las ciencias naturales: produce hipótesis, observa, verifica y finalmente resuelve el enigma. Los primeros relatos policiales y de misterio corresponden a este modelo, que resuelve crímenes individuales y robos, ocurridos generalmente en espacios cerrados.
El género policial es un relato sobre el crimen y la verdad. Si hay verdad, debe haber alguien encargado de comprenderla y develarla al lector. Es el caso del detective. Hay algunos de ellos como Dupin (de Poe) o Sherlock Holmes (de Conan Doyle) que reconstruyen los hechos desde una lógica infalible y resuelven todo sin inconvenientes. Sólo se trata de ver lo que nadie vio, el detalle nimio, lo evidente, lo que escaparía para un hombre común, pero no para ellos.
El panorama cambia radicalmente en las primeras décadas del siglo XX, cuando el crimen deja de ser individual y marginal y se instala en el centro de la sociedad, trasladándose del ámbito privado al público. Es el tiempo de las mafias, crimen organizado y demás yerbas, nacido con la Ley Seca en Estados Unidos.
Ahora bien, el género debe cambiar para no desaparecer; nadie se imaginaría a un Sherlock Holmes con su lupa, lidiando con Al Capone y un montón de energúmenos con ametralladoras y sobretodos. Es la hora de la novela policial negra, de detectives y personajes que viven en una sociedad donde el crimen y la ilegalidad son cotidianos y no un hecho extraordinario, como en los tiempos del infatigable Holmes y su ayudante. Y esto trae otra consecuencia: la realidad no puede ser vista desde las deducciones prolijas y eficientes de los antiguos detectives, con una mirada tranquilizadora que crea la ilusión de un mundo “previsible” y seguro”. Ahora la violencia se filtra por todos las grietas de la sociedad.
Entre los principales exponentes del “policial negro” encontramos a Hammet, Mc Coy, James Cain, William Baurnet y, por supuesto, Raymond Chandler, un ex petrolero que revolucionó el género con su célebre detective: Philipp Marlowe, un hombre que detesta a los policías, persigue a los malos, se emborracha con whisky, recibe algunas palizas y ve a la ciudad con una mirada única:
“Bunker Hill es la ciudad vieja, la ciudad perdida, la ciudad miserable, la ciudad del delito. En un tiempo, en un tiempo muy lejano era el distrito residencial de más categoría de la metrópoli... ahora las grandes mansiones góticas son todas pensiones... En las habitaciones altas, las dueñas flacas discuten con inquilinos poco formales. En los amplios y frescos porches del frente están sentados ancianos con caras que parecen batallas perdidas... Y hay hoteles de ínfima categoría donde sólo firman los registros personas llamadas Smith y Jones y donde el sereno nocturno es mitad perro guardián, mitad alcahuete.”
(“La ventana siniestra”)
La novela negra y principalmente Chandler, desnudan las relaciones violentas que se dan en el capitalismo e instauran la violencia como un tema que llega a todos los rincones sociales, de pronto el mal deja de ser algo metafísico para convertirse en cotidiano. La sociedad explorada por Marlowe es una sociedad de marginales y ricos, de excluidos e incluidos en el sistema; todos grises, gastados, sujetos sin rostros, sin entusiasmo, sin sueños:
“... Mujeres que debieran ser jóvenes salen de las casas de departamentos con rostros como cerveza rancia... intelectuales gastados con tos de fumador y sin dinero en el banco, polis con cara de granito y ojos decididos, coqueros y dealers; gente que no era nada especial y lo sabía...”
(“La ventana siniestra”)
Y en el polo opuesto, el mundo de los ricos, frío y hostil, “personas con corazón de oro, enterrado profundamente”, grandes mansiones con jardines verdes, séquitos de sirvientes, choferes, secretarios, clubes privados, casinos flotantes, la corrupta policía local y toda clase de actividades ilegales que surgen para satisfacer el mundo del dinero y sus actividades.
Los relatos de Chandler son un testimonio sobre la violencia y la corrupción, el crimen y la legalidad, la vida y la muerte en una sociedad opulenta y oscura al mismo tiempo. El detective Marlowe no es un héroe. Es un pobre tipo que hace lo posible por ganarse la vida del único modo que conoce; cree en una justicia que no encuentra, por más que la busque en cada investigación y cada muerte: “La luz lechosa de la luna era fría y clara, como la justicia que soñamos pero no encontramos”, reflexiona en “La ventana siniestra”, un idealista infatigable buscando respuestas a un mundo que parece haber perdido la brújula y que pone en evidencia a una sociedad violenta e irracional.
Fragmentos de "El largo adiós"
“… El mozo pasó a mi lado y dirigió una mirada suave al débil whisky con agua de mi vaso. Sacudí la cabeza y el mozo siguió de largo. Fue entonces cuando entró en el bar un verdadero sueño en forma de mujer. Por un instante me pareció que todo sonido se había apagado en el bar, que los dos graciosos habían cesado de negociar y que el borracho sentado en el taburete había dejado de mascullar; fue como cuando el director de orquesta golpea con la batuta en el atril levanta los brazos y mantiene a todos en suspenso. Era delgada y bastante alta; llevaba un traje sastre de hilo blanco con un pañuelo de pintitas blancas y negras alrededor del cuello. El cabello era de color oro pálido como el de las princesas de los cuentos de hadas. El pequeño sombrero y el cabello dorado alrededor recordaban un pájaro en su nido. Los ojos eran de un color extraño, azul violáceo, y las pestañas largas y quizá demasiado claras. Se dirigió hacia la mesa de enfrente y empezó a sacarse los guantes blancos. El mozo se acercó en seguida y le apartó la mesa en tal forma y con tanta deferencia como ningún mozo del mundo me la hubiera apartado a mí de esa manera. La joven se sentó, aseguró los guantes con una cadenita de la cartera y agradeció al mozo con una sonrisa tan suave, tan exquisitamente pura, que el hombre casi quedó paralizado por la emoción. Ella le dijo algo en voz baja y el mozo, después de inclinarse hacia adelante, salió casi corriendo. He ahí un tipo que realmente tenía una misión en la vida.
Le clavé la vista y ella captó mi mirada. Levantó los ojos un centímetro y me pareció que había dejado de existir: casi perdí el aliento.
Hay rubias y rubias, y hoy es casi una palabra que se toma en broma. Todas las rubias tienen su no sé qué, excepto, tal vez, las metálicas, que son tan rubias como un zulú por debajo del color claro, y en cuanto al carácter. Tan suave y blanco como el empedrado de la acera. Existe la rubia pequeña y agradable, que gorjea como los pájaros, y la rubia alta y estatuaria, que lo envuelve a uno en una mirada azul de hielo. Existe la rubia que lo mira a uno de arriba abajo y tiene un perfume encantador y resplandece tenuemente y se cuelga del brazo y está siempre muy, muy cansada cuando usted la acompaña a su casa. Ella hace ese gesto de impotencia y tiene ese maldito dolor de cabeza y a usted le gustaría aporrearla, aunque esté contento de haber descubierto lo del dolor de cabeza antes de haber invertido en ella demasiado tiempo, dinero y esperanzas. Porque el dolor de cabeza siempre estará así, es un arma que nunca deja de usarse, y tan mortífera como la espada del asesino o el frasco de veneno de Lucrecia.
Existe la rubia dulce, dispuesta y aficionada a la bebida, y que no le importa lo que lleva puesto —siempre que sea visón —o adónde va— siempre que sea el “Starlight Roof” y haya mucho champaña seco—. Existe la rubia pequeña y altiva que es una verdadera compañera y quiere pagar ella su cuenta y está llena de luz de sol y de sentido común que sabe judo y puede lanzar al aire, por arriba del hombro, al conductor de un camión, sin perderse más de una frase del editorial del Saturday Review. Existe la rubia pálida, pálida, con anemia de tipo incurable, pero no fatal. Es muy lánguida y muy sombría y habla suavemente como salida de no sé dónde, y usted no le puede poner un dedo encima, en primer lugar porque no tiene ganas, y en segundo lugar porque ella está leyendo La tierra perdida o Dante en el original o Kafka o Kierkegaard, o porque estudia dialecto provenzal. Adora la música, y cuando la Filarmónica de Nueva York está tocando Hindemith, ella puede decirle a usted cuál de los seis contrabajos entró un cuarto de tiempo más tarde. He oído decir que Toscanini también es capaz de ello. Eso quiere decir que son dos.
Y, por último, existe la muñeca maravillosa y encantadora que sobrevive a tres reyes del hampa y después se casa con un par de millonarios a un millón por cabeza y termina con una villa de color de rosa pálido en Cap d'Antibes, un coche Alfa Romeo completo, con chófer y acompañante, y una caballeriza de aristócratas enmohecidos a los que tratará con la atención distraída y afectuosa conque un anciano duque dice buenas noches a su criado”.
... ... ... ...
"Extendimos una manta sobre el cuerpo de Roger y quince minutos más tarde apareció el doctor Loring, con el cuello almidonado y la expresión de disgusto del hombre a quien se le pide que limpie los residuos después de la descompostura del perro.
El doctor examinó la cabeza de Wade.
—Un tajo y algunas magulladuras superficiales. No hay posibilidad de conmoción. La respiración indica su estado en forma bastante evidente.
Recogió el sombrero y el maletín.
—Que no tome frío. Puede lavarle la cabeza con suavidad para sacarle la sangre. Seguirá durmiendo.
—Yo solo no puedo llevarlo arriba, doctor —dije yo.
—Entonces déjelo donde está —me contestó, mirándome con indiferencia—. Buenas noches, señora Wade. Como usted sabe, no atiendo a alcohólicos. Y aun si lo hiciera, su marido no sería uno de mis enfermos. Estoy seguro de que usted me comprende.
—Nadie le está pidiendo que lo atienda. Lo único que quisiera es que me ayude a llevarlo al dormito-rio, así podré desvestirlo.
—¿Y usted quién es, si se puede saber? —me preguntó Loring con voz helada.
—Me llamo Marlowe. Estuve aquí hace una semana. Su esposa nos presentó.
—Interesante —dijo—. ¿Cómo es que conoce usted a mi mujer?
—¿Qué diablos importa eso? Todo lo que quiero es…
—No me interesa lo que usted quiera —me interrumpió. Se volvió hacia Eileen, hizo una leve inclinación de cabeza y se dirigió a la salida. Yo me interpuse entre él y la puerta, dando la espalda a esta última.
—Un minuto, doctor. Debe de haber transcurrido mucho tiempo desde que usted echó una mirada a ese breve trozo de prosa llamado el Juramento Hipocrático. Este hombre me llamó por teléfono y yo vivo bastante lejos. Me di cuenta de que no estaba bien y violé todas las reglas del tránsito para llegar lo más pronto posible. Lo encontré tirado sobre el césped y lo traje hasta aquí y créame que no es ningún manojo de plumas. El criado no está y no hay nadie que pueda ayudarme a llevarlo hasta arriba. ¿Qué le parece?
—Salga de mi camino —murmuró entre dientes—. ¿O tendré que llamar a la policía del distrito para que envíen a un agente? Como profesional…
—Como profesional usted es un piojo inmundo —le contesté y me hice a un lado.
Se ruborizó… lentamente, pero en forma evidente. Se atragantó con su propia bilis. Después de un instante abrió la puerta y, mientras la cerraba con todo cuidado, me miró. Fue la mirada más desagradable que recuerdo haber recibido y la cara más desagradable de que conservo memoria.
Cuando me di vuelta, Eileen me miraba sonriendo.
—¿Qué es lo que hay de divertido? —gruñí.
—Usted. A usted no le importa lo que le dice a la gente, ¿no es cierto? ¿No sabe quién es el doctor Loring?
—Sí… y sé también lo que es."

Bueno, primero que nada ¡Felicitaciones por las 100 entradas!
ResponderSuprimirMuy bueno, no leí ninguno de esos libros, viene bien empaparse de letras desconocidas.
Muy linda la música.
Cariños!