jueves, 30 de diciembre de 2010

Lo que esperamos

Ordenando unos papeles, apareció este texto. No es propio, pero me parece acorde para una entrada de final de año. Aclaro que no soy muy afecto a los balances. Me cierra más eso la andadura, de transitar un camino, con sus dificultades, sus recodos, sus llanuras, sus sorpresas.

Quiero agradecer a todos aquellos que se dan una vuelta por acá y dejan comentarios. También a los lectores silenciosos.

Los dejo con Oliverio y espero que lo disfruten. Ah, antes que me olvide, la ilustración es del dibujante de Página/12, Rep.


Tardará, tardará.

Ya sé que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirán produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfínteres crinudos,
se sacien de adulterios,
de diamantes,
de caviar,
de remedios

Ya sé que todavía pasarán muchos años
para que estos crustáceos
del asfalto
y la mugre se limpien la cabeza,
se alejen de la envidia,
no idolatren la seña,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra
de opresión,
de ceguera,
de mezquindad,
de bosta.

Pero, quizás, un día,
antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,
-no cajas de caudales
ni perchas desoladas-,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida se arranca y despedaza
los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.

Y entonces…
¡Ah! ese día
abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
auténticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas ha instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces,
que en vez de separarnos
nos acerquen un poco;
o mejor todavía,
guardaremos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que desde hace siglos
esperamos en vano.
                                     Oliverio Girondo


Lo que esperamos

Ordenando unos papeles, apareció este texto. No es propio, pero me parece acorde para una entrada de final de año. Aclaro que no soy muy afecto a los balances. Me cierra más eso la andadura, de transitar un camino, con sus dificultades, sus recodos, sus llanuras, sus sorpresas.
Quiero agradecer a todos aquellos que se dan una vuelta por acá y dejan comentarios. También a los lectores silenciosos.

Los dejo con
Oliverio y espero que lo disfruten. Ah, antes que me olvide, la ilustración es del dibujante de Página/12, Rep.

Tardará, tardará.

Ya sé que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirán produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfínteres crinudos,
se sacien de adulterios,
de diamantes,
de caviar,
de remedios

Ya sé que todavía pasarán muchos años
para que estos crustáceos
del asfalto
y la mugre se limpien la cabeza,
se alejen de la envidia,
no idolatren la seña,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra
de opresión,
de ceguera,
de mezquindad,
de bosta.

Pero, quizás, un día,
antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,
-no cajas de caudales
ni perchas desoladas-,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida se arranca y despedaza
los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.

Y entonces…
¡Ah! ese día
abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
auténticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas ha instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces,
que en vez de separarnos
nos acerquen un poco;
o mejor todavía,
guardaremos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que desde hace siglos

esperamos en vano.
                                      Oliverio Girondo


viernes, 24 de diciembre de 2010

Diciembre y sus días II

Un ómnibus atestado de gente. Rostros con sueño, cada uno ensimismado en su mundo. Un anciano escupe al suelo y se acomoda el chambergo en la cabeza, hay hastío en su mirada. Saca un pañuelo de su bolsillo y se limpia la boca. Una chica joven enfundada en sus auriculares, anteojos oscuros. Un volantazo. Algún “disculpe”, varios vistazos indiferentes.

Diciembre y sus días.

Letanía de fiestas. Pasamos frente a un hipermercado. Autos por doquier, muchos nuevos. Figuras humanas que pululan por las playas de un estacionamiento con carritos hasta el tope con regalos y bebidas mientras la pobreza viaja en colectivo.

Diciembre y sus días.

La gente corre con prisas hacia la nada pero corre igual, alentados por los parpadeos de los arbolitos de navidad, espejismos de euforia, vacío de palabras y deseos. Dan ganas de apagar la luz.

Diciembre y sus días.

Cierre de año, ciertas heridas de un cuerpo que vuelve a quejarse. Con las otras, convivo a diario y todavía cuento con la escritura para no recibir el trompazo final. Y los afectos, por supuesto.

Diciembre y sus días.

Ausencias definitivas que parecen más presentes que nunca. No por la falta, sino por la similitud en dolores y resistencia, palabra que todavía siento con textura propia pese a la perorata de quienes pretenden vaciarla de sentido y convertirla en mercancía. Aunque cueste aferrarme a ella y este pre-texto carezca de toda riqueza literaria.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Toneles

Busco el rocío de un cuerpo
en unos trazos resecos,
tu belleza es algo
que todavía retengo.

Sumerjo presagios en
fragmentos avinagrados,
el espejo sostiene
que soy esa más(cara) mohína
y no me atrevo a contradecirlo.

Añoro el destello de tu palabra
las preguntas del mañana,
el bandoneón afinado
de los besos.

Camino versos,
borroneo trivialidades,
toneles perversos
orillan el desamparo
de un sobre vacío. 

La palabra del día

Había dormido mal toda la noche, con la presencia de los ausentes rondándome. Sé que si abría los ojos podía ver a mamá dando vueltas en esa casa nueva. No me asusta, aunque no era la primera vez que la sentía tan cerca.

Creo que los gatos también la percibieron porque se acurrucaron contra mí, en una mezcla de curiosidad y precaución, propio de lo desconocido. Dormí salteado, como fueron salteados los presentimientos durante toda la semana.

Abro el correo electrónico y leo:

aciago

“Esta palabra aparece en nuestra lengua por lo menos desde los tiempos del Quijote, a comienzos del siglo XVII, siempre con el significado actual de 'infausto', 'infeliz', 'desgraciado', 'de mal agüero'…”

Y el mal agüero dijo presente, será cuestión de arremangarse. No es la primera vez que ocurre, pero me encantaría que sea la última. No hay miedo, si hastío. Y escribir es exorcizar.

También me quedo rumiando presentimientos, confirmando mis sospechas sobre su importancia y el valor de lo instintivo en esto de transitar un camino. Y ni qué decir de la presencia de ciertas ausencias, darse una vuelta anoche fue su forma de acompañarme. Lo sé. Lo supe siempre.

Le escapo a diciembre. Pero la rueda debe continuar su gira y mi peque pugna por robarme una sonrisa que devuelvo, mientras ponemos una peli en la compu y ella habla con sus amigos imaginarios.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Contrabajísimo

Río revuelto en Soldati
cerco, uniformes,
muertos de la pobreza.

Un mate recién preparado
Piazzolla y el suspiro
de un bandoneón.

Quererte duele en las vísceras
en una mañana de domingo
que huele a tierra y nostalgia
silencio, desenfado.

La afonía de  mi piel
clama por tu presencia
entre bigotes gatunos
que no me pierden pisada,
sabedores en presagios
y desencuentros.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Resistencia III


Mirarte era saberte mía, tenerte aunque sea por un instante mientras revolvías el café y volcabas el azúcar, que caía cual fino polvo de espanto. Tu casa era un atelier con cuadros inconclusos que poblaban el piso de madera, libros de Girondo y la colección completa de “Caballo verde para la poesía”, regalo de un viejo camarada republicano.

Mirarte era conocerte tanto que dolía tu ausencia cuando me despedías con un beso y partías rumbo a Bellas Artes. Era nuestro tiempo. Podía querer tus lunares, naufragar entre tu cuello, llevarme el perfume de tu piel cuando íbamos a las villas y les hablábamos a los compañeros sobre el hombre nuevo, el futuro que estaba a la vuelta de la esquina, ineludible, nuestro.

Mirarte era la certeza de esa “poesía impura como un traje, como un cuerpo con manchas de nutrición y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías, declaraciones de amor y de odio, bestias , sacudidas, idilios,  creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos”.[1]

Mirarte era la ternura de tu respiración contra mi pecho, el enredo de mis dedos en tu cabello, el resplandor castaño de tu mirada y esa sonrisa que valía más que mi vida, aunque la última que recuerdo fuera casi una mueca desesperanzada, cuando saliste esa mañana.

Las bestias ya habían tomado el poder y la militancia se reducía a sobrevivir. Pero no podíamos dejarlo. Porque dejarlo era darles el gusto, pese a que cualquier cita podía estar cantada en la sala de tortura.

El cielo anaranjado del atardecer me reveló que no regresarías. Tomé las revistas dirigidas por Neruda, como si ese manojo de  papeles pudiera lograr que continuaras conmigo y huí de allí. Comenzaba el exilio. Del país. De la vida, en años espesos que fueron más de lo que pensaba y menos de los que se imaginaron los mercaderes de siempre.

Un día regresé, aunque no me reconociera en otros y fuera difícil comenzar de nuevo. Pero resistí, me dolía tu recuerdo pero la compañía de los caballos verdes alivió la ausencia, aunque me sintiese demediado, con esa sensación trapera de sentirme culpable por estar con vida.

Hasta que un día supe que debía dejarte ir. Fue en la mañana en que regalé “Caballo verde para la poesía” a la biblioteca de las Madres, mientras te reconocía en las caras que reclamaban aparición con vida, juicio y castigo. Entonces me amigué con tu recuerdo y tu sonrisa es la que veo en los pibes jóvenes, que cantan estas canciones en un nuevo recital por la Memoria.



[1] Editorial número 1 de “Caballo Verde para la poesía”, revista exclusivamente poética editada e impresa por Concha Menéndez (1898-1986) y su marido, Manuel Altolaguirre (1905-1959), quienes entregan su dirección a Pablo Neruda, quien abría cada número con un texto en prosa a modo de prólogo, dando cabida a autores españoles, hispanoaméricanos y europeos. De carácter mensual, apenas superando las 20 páginas, la revista editó sólo cuatro números, y el siguiente que iba a ser doble (5-6) se llegó a imprimir y a falta de doblar los pliegos, no llegó a ser cosido al estallar la guerra civil española, el 18 de julio de 1936.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Apuntes de Feria


Pasó la primera Feria de Escritores Patagónicos y más allá del faltazo de gente, el balance no es desalentador. Traigo conmigo nuevos amigos con los que hemos prometido no perder el contacto y el deseo de que el próximo encuentro sea mejor que éste, por lo menos en lo que hace a la convocatoria del público.

Si bien los organizadores estuvieron siempre atentos a cualquier inquietud, fue también evidente una falencia en cuanto a la difusión del evento, que —espero— pueda mejorarse para la segunda edición. Ya es sumamente importante haber realizado una Feria de Escritores pero falta mucho camino por recorrer. Ojalá que esto sirva de experiencia para no repetir errores y que seamos muchos más los laburantes de la palabra en la próxima feria.

En próximas entradas contaré de algunas exposiciones que me parecieron brillantes, pero por ahora, cierro con Miguel Oyarzábal, de Chubut: “…decía un médico de provincia de Buenos Aires, cuyo nombre nunca supe. Yo tenía una paciente hospitalaria que una vez me preguntó: doctor, ¿me voy a salvar?, le iba a decir que sí, que en primavera el campo florece, que el sol de la mañana ilumina todo, que los perfumes se levantan en el atardecer; le iba a decir que… pero me di cuenta que esa mujer iba a volver a su rancho sin ventanas, a su marido borracho y golpeador, a su promiscuidad y entonces tuve ganas de decir: ¡Guay de aquel poeta que hable del atardecer diáfano, del arroyo cristalino y se olvide del dato humano!.