miércoles, 1 de junio de 2011

Ómnibus III



Cruza la calle y habla hacia el costado, como susurrándole algo al oído. El problema es que lo hace hacia la nada. Campera roja, años y arrugas, pelo negro. Labios pintados de rojo y tez blanca. Pisa los setenta cómodos y no puede dejar de mover los labios. Me recuerda a una de mis abuelas, sólo que no lleva rodete. La miro hasta que se pierde de mi vista, mientras charla con esa ausencia. Quizás ella ve algo que no percibo y es feliz.

“¿Qué quiere, que el nene haga las necesidades en la calle?”, pregunta la mujer y el guardia de seguridad del supermercado hace caso omiso de su pregunta. Quizás por su tez oscura. O su ropa ajada. El pibe está sufriendo, se nota. Necesita un baño. El guardia se topa con mi mirada y no sé si es por mi gesto reprobatorio o porque tuvo un momento de conmiseración, pero se hace a un costado y los deja entrar al sanitario.

Pienso en Foucault y las relaciones de poder. Cada uno apuesta a su propia victoria miserable.

Salgo del súper con un par de bolsas de plástico y algo para la cena. Una joven de las que se llevan el mundo por delante pasa llorando frente a mí al tiempo que no puede despegarse del celular. Empuja un carro suntuoso y alcanzo a divisar un bebé arropado a más no poder en su interior.

Hace frío, cierro la campera mientras circula un auto que me aturde con propaganda política y la cara rozagante del candidato, que parece diez años más joven pero igual de mentiroso. "¿Juntos?” no, ni en sueños.

Bocinazos, insultos, el gesto pícaro del chofer imponiendo el colectivo en un lugar imposible. La ley del más fuerte. La ciudad y sus miserias urbanas. Y de las otras. Un hombre con todos los años encima tira de un carro repleto de cartones. Lo acompaña alguien que puede ser su compañera o una de sus hijas, ya que la vida se ha encargado de quitarle años y ahuecarle esperanzas. Aunque siga y no ceje en una batalla que está perdida de antemano.

Un hombre ora en voz alta y posa su mano en la frente de un cordero sumiso y retacón, de campera inflable. El pobre diablo lo mira embelesado, confiado en que su salvación está en el más allá. Es demasiado. Por suerte, el número de mi ómnibus se asoma desde la esquina.

Subo haciendo malabares con las bolsas. Como el pibe que está en la esquina, con sus rastas y pinos de colores. Se lleva mi sonrisa, que no es poco. Algunos automovilistas abren las ventanillas y le alcanzan alguna dádiva.

La voz monocorde me regresa al interior del ómnibus. Jeans gastado, camisa con cuello deshilachado, una mirada entre la resignación y una insana porfía por hacer lo posible para llevarse un pedazo de pan a la boca. Creo que vende estampitas.

El trabajo dignifica. Aunque no sé si ése, justamente. El hombre sigue hablando pero nadie lo escucha. La mayoría mira hacia otro lado y uno a uno van devolviéndole los santos. Me detengo en el ídolo de barro que tengo entre mis dedos. No sé quién es. Tampoco me interesa. Pero me quedo con él y le alcanzo las monedas que pesan en mi pantalón.

14 voces opinan:

  1. Horacio: gracias por regalarnos tan intensas crónicas urbanas. En su entramado, panorámico, discepoleano y real, se ponen de relieve inabarcables escenas cotidianas, con sus miserias y sus resistencias. Allí donde el poder se hace presente donde se ejerce. Donde no alcanza el tiempo para dar cuenta de todo lo que se ve (y lo que se oculta). Allí emergen tus relatos, como este. Batallando con tanta creatividad como sentimiento. Abrazo grande.

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  2. Yo me tomaba el 4 para ir hasta el alto, y justo en la parada estaba La bomba, el supermercadito. Alli, en la entrada, habia un hombre, siempre.
    Hablaba con el viento. Con el viento que cruzaba luis beltran y Anaya.

    besos

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  3. Esos fragmentos de vidas ajenas que se van adhiriendo a la nuestra, que están ahí y se olvidarán, que tienen algo de sueños, en su desvanecerse apenas llega otro día, en su contenernos como los ojos que miran el paisaje y las figuras, la sonrisa cómplice -y nunca es poco-, la mano que tiende unas monedas que dignifican lo que muchos trabajos ya quisieran. Estupendo espacio que descubro esta tarde. Saludos desde esta orilla.

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  4. Me quedan resonando algunas cosas, la impudicia del poder que habla Foucault. Este urbano día, que es un día cualquiera de nosotros mismos.
    Y en ese transcurrir, al terminar el día, son mas las tristezas que se ven, o quizás me equivoque y este dejando un poco me mi subjetividad… aunque ya no lo creo.
    Mientras haya un político que se rejuvenece y rejuvenece su alrededor tratando de convencer a los grandes economistas que lo sigan, porque es a ellos a los que no va a defraudar, a nosotros ya lo hicieron desde que el mundo es mundo.


    Un beso Horacio.
    Lo que me disparó tu texto...

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  5. Cada vez hay más desahuciados del sistema.
    Se está volviendo invisibles.
    Demasiadas miradas hacia otra parte.

    Saludos.

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  6. Muy buena crónica, Velcha... Hay un aire tan melancólico en la realidad.
    Un beso grande!

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  7. y me quedé colgada de tu pensamiento: faucault y las relaciones de poder...

    hace unos meses, subí a un tren del gran buenos aires, frente a mí estaba sentada una mujer que movía los labios y lloraba...tengo que escribir sobre esto.

    besos, Horacio*
    (y me quedé muuy seria)

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  8. MUY LINDO VELCHA ES DE LA CRONICA COTIDIANA DE AQUI TAMBIEN ,LO DEL PIVE DE RASTAS ME HIZO ACORDAR A CUANDO RAMIRO HACIA SEMAFORO EN LA AVENIDA SAN MARTIN ,CON SUS CLAVAS Y SUS RASTAS LO HACIA X JODER NOMAS XQ TENIA LO NECESARIO EN CASA PERO LE GUSTABA ESTAR ALLI,ASI ERA FELIZ,Y LO DE LOS POLITICOS Y SI ES TODO IGUAL MUY REAL LO TUYO VELCHA UN BESOTE NEGRITA

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  9. Retazos de la vida con la que tropezamos y nos despiertan del letargo de la indiferencia.
    Nunca a todos.
    Todavía quedan muchos con ceguera en el alma.

    Hemosas palabras.

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  10. Bello relato urbano. Un periplo que nos transofrma a cada uno en un mini Ulises diario. En esta ciudad de millones donde millones vienen a tratar de paliar su ambición o su hambre, se puede palpar tu descripción, tus personajes. Creo que la ciudad es un gran concentrador de la comedia humana. En fin, trato también de escribir sobre ello. Gran Abrazo.

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  11. Habría que pedirle a Foucault una radiografía como tuya de un viaje por la city neuquina. La relaciones entre el poder, el biopoder, el lenguaje y las categorías que se encarnan en lo más hondo del espíritu. Aquello que hace que el malabarista nunca deje de serlo, el guardia de "seguridad" y el escritor, siga siendo escritor.

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  12. El ómmnibus que no llega. Tampoco nos llevará demasiado lejos de nosotros mismos.
    Y tu mirada, que convierte lo más rutinario e intrascendente en poesía.
    Precioso, Horacio.

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  13. Simón chiquito... dijo
    Mientras haya gente que se conmueve ante un relato que sabemos es real, la humanidad está salvada aunque no como quisiéramos. Un abrazo a todos.

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