…El único recuerdo que conservo de 1969 es el de un lodazal inmenso. Un profundo lodazal, viscoso y pesado, donde cada vez que daba un paso se me hundían los pies. Y yo lo cruzaba haciendo un esfuerzo sobrehumano. No veía nada, ni delante ni detrás de mí. Sólo un cenagal de tintes oscuros extendiéndose hasta el infinito.
El tiempo transcurría al ritmo de mis pasos. A mi alrededor,
hacía tiempo que todos habían emprendido la marcha, y yo y mi tiempo seguíamos
arrastrándonos con torpeza por aquel lodazal. A mi alrededor, el mundo estaba a
punto de experimentar grandes transformaciones. John Coltrane y otros muchos
habían muerto. La gente clamaba cambios, y éstos se encontraban a la vuelta de
la esquina. Pero los acontecimientos que tuvieron lugar, todos y cada uno de
ellos, no fueron más que pantomimas carentes de entidad y significado. Y yo me
limitaba a vivir día tras día sin apenas levantar la cabeza. Lo único que se
reflejaba en mis pupilas era aquel lodazal infinito. Levantaba el pie derecho, luego
el izquierdo, de nuevo el pie derecho. Ni siquiera sabía con certeza dónde me
encontraba. No lograba orientarme. Sólo sabía que tenía que dirigirme a alguna
parte y, por ese motivo, movía los pies.
(Murakami, Haruki,
“Tokio blues (Norwegian Wood)”, Buenos Aires, Tusquets Editores, 2009, pp.309-310)
N. del Autor: Este texto fue el disparador de la entrada anterior. Como siempre, el subrayado es mío.
Publicado por Horacio
Publicado por Horacio

Es verdad, lo importante es dirigirse hacia alguna parte.
ResponderSuprimirMurakami un maestro. Y vos otro. No te quedas atrás Horacio.
Un beso o 2 #
me encanta ese libro, has visto la peli???
ResponderSuprimirbesos
Más allá de tus palabras, excelente Silvio... Un abrazo
ResponderSuprimirLo tengo pendiente, no lo he leído. Murakami, escribe maravillosamente, cuando leí "el pájaro que da cuerda al mundo", me quede prendida de sus descripciones, mas que la historia.
ResponderSuprimirNo me asombra que te inspire. Y que bien!
Un beso Horacio!
Decididamente siempre vamos a alguna parte, mejor si sabemos dónde. Si no, vamos de todos modos, que la historia está en el camino.
ResponderSuprimirAl buen escritor los disparadores se le parecen, y peso a la distracción que me provoca escucharlo a Silvio mientras te leo, con vos lo confirmo
ResponderSuprimirEstercita
Murakami.
ResponderSuprimirA veces me fascina.
A veces me mata.
Saludos.
Empecé a leer a Murakami y poco a poco me fui adentrando en esa mirada melancólica frente a lo cotidiano que me conquistó, éste fue el primer libro que leí de él, luego vinieron los demás, pero este libro me dejó como a vos, escribiendo mis propias cosas, sus frases hicieron eco dentro de mi, abrieron caminos secundarios por los que me puse a caminar así como vos en azul. (Te digo que vos lo hacés de maravillas, no se sabe quién es la voz y quien el eco)
ResponderSuprimirTengo la impresión de que esta es la parte del libro por la que entraste al corazón del escritor y que por eso has escrito esta entrada y la anterior, una especie de agradecimiento por esa apertura, tal vez, al lugar mas profundo de quien uno está leyendo. A mi me sucedió, en el capítulo rojo, yo lo llamo así, es un atardecer cerca de Arizona o por ahí (¿te ubicás en el libro? pasando la mitad del tomo...) el personaje mira el atardecer y comprende que su vida o la mujer de su vida es alguien que ya ha muerto. Ese pasaje, esa forma de describir ese momento, esa intensidad que tiene el darse cuenta que tu oportunidad para vivir el amor ya se fue y el color del ocaso me llevaron derechito a pasar por su corazón. Ahí me sedujo Murakami, después he leído críticas geniales y también de las espantosas sobre él y su obra, cosas bien feas, pero ya era tarde (por suerte) a mi me había conquistado.
Saludos!