Hubo una pausa. Una más entre la risa y el choque de vasos
jubilosos. Y se dio cuenta. Una señal de alarma, leve, imperceptible como la
brisa que se colaba bajo la puerta, persistente y letal.
El trago sabía a celada premeditada, como la suya a su
mujer, que lo esperaba en vela mientras él andaba de juerga con los amigos. Con
el sueldo recién cobrado bastó una llamada para encontrarse con el Gitano y el
Chino; en cuestión de minutos la segunda ronda de cervezas saturaba la mesa y
elevaba las discusiones, que no llegaban a mayores gracias a una complicidad
tácita entre los parroquianos.
El bar cerró y el Gitano que apenas se mantenía en pie se
despidió con un cabeceo indefinido que podía ser un saludo o el peso de la
borrachera que lo arrastraba hacia el asfalto. Fue entonces cuando el Chino le
propuso visitar a unos cumpas, en el otro extremo de la ciudad. El Negro dudó.
Se acercaba la medianoche y la vuelta a casa parecía una travesía interminable.
El Chino insistió, hasta era posible que consiguieran unos cuerpos cálidos.
Todo atisbo de resistencia se derrumbó ante la promesa de un convite amoroso.
Un taxi que pagó de su bolsillo, una casilla de cartón,
caras difusas, voces ásperas de tabaco y desconfianza y unas partidas de naipes
coparon la parada. Uno de los dueños de casa trajo la damajuana y llenó los
vasos, el mismo vaso que él había dejado intacto desde que aquella señal de
alarma se encendió en su interior.
Miró alrededor: el Chino había desaparecido. —Truco— dijo
arrojando el as de espada sobre la mesa. Oyó su voz dura y amenazadora. ¿Algún
problema amigo?.
—¿Dónde está El Chino? —preguntó.
—En el baño —contestó una figura maciza y retacona. —Quiero
retruco —agregó.
—Juegue nomás —respondió el Negro.
Los jugadores descartaron las cartas de menor valor y lo
miraron.
—Quiero vale cuatro —dijo y empujó la mesa contra la figura
retacona. Vio el brillo de unas navajas y unos tajos que esquivó con destreza.
Alguien lo tomó por detrás y su codo destrozó una nariz; un gancho certero —reflejo
de su época de boxeador— se estrelló contra un mentón barbudo y la situación
que parecía tan adversa se emparejó con dos contrincantes menos.
Miró a los tres restantes. Estaban aturdidos, quizá
sorprendidos por su agilidad y lucidez. No sabían, nunca podrían saberlo que él
era un hombre avisado en trampas y ratoneras. Blandió un cuchillo que encontró
en el suelo y los esperó. “Tranquilo amigo”, dijo la figura retacona.
—¿Dónde está el Chino? —repitió.
—En la pieza, durmiendo la mona —dijo otro.
—Díganle que el Negro está muerto para él. Que la próxima
vez que lo vea lo tajeo como a un perro.
Retrocedió unos pasos y llegó hasta la puerta. Los hombres
lo siguieron con la mirada. Supo, por el brillo de sus pupilas, que no lo
seguirían. No tenían pasta de valientes. Sólo de ventajeros.
Cuando llegó a su rancho vio el corte en el abdomen y se dio
cuenta de que el calor que se le escapaba por el vientre no era su bronca, ni
siquiera el reproche por haber caído en una trampa tan burda, era la vida que le
jugaba otra mala pasada. Una más.
—Estoy cansado —le dijo a su mujer y agregó: —Tomá y
perdoname.
Tiró los billetes sobre la mesa. Iba a completar la frase
con otra promesa de que no bebería tanto pero no pudo hacerlo. El mundo se
convirtió en una cortina negra y silenciosa que lo arrastraba a su piso alisado
y sin mosaicos.
Cuando despertó, un enfermero amable cambiaba la bolsa de
suero y le sonreía con delicadeza. —Bienvenido —dijo a modo de saludo. El Negro
devolvió la sonrisa y supo que estaba de regreso.
Este cuento obtuvo el
primer premio en un concurso patagónico en el año 2007 y fue una de mis primeras publicaciones de blog, allá por el 2009, luego de que los caraduras de los organizadores no cumplieran con su
compromiso de editar un libro con los relatos ganadores.
Lo rescato nuevamente
para compartirlo con todos ustedes, esperando un retruco que espante las
sensaciones de estos días.
Publicado por Horacio
Más vale caradura conocido que carablanda por conocer... No aplica, ¿no?
ResponderSuprimirEl relato es buenísimo, es difícil no aparecerse en ese ambiente mientras transcurre.
Muy bueno, Velcha.
Besos!
Muy bueno, recuerdo haberlo leído el día que "exploré" todo tu blog. Fue uno de los que más me gustó.
ResponderSuprimirSaludos.
Hermoso cuento rescatado de las publicaciones, rescatado de las amargas sensaciones... Qué bueno que pudiste rescatarlo! Y bueno, a veces pasan estas cosas con los concursos. Y sobre el libro... ya vendrá. Estoy segura.
ResponderSuprimirUn beso!
caraduras...
ResponderSuprimirpero te estamos leyendo!
besos*
Que buen rescate
ResponderSuprimirQue suerte es poder leerte.
Que bueno que exista "Con letra propia"
Que suerte poder entrar a tu casa blog!
Y cantale envidio a esos caraduras.
Un beso Horacio!
Menos mal que lo rescataste para poder leerlo!
ResponderSuprimirTenes el don de que cuando te leo, olvido todo mi alrededor para estar viviendo la escena que sabes recrear. Eso lo logran los grandes y vos sos uno *
Un beso o 2 #
los editores que se coman una contraflor al resto, cojones! que solo sirven para molestar.
ResponderSuprimirsds
No me extraña que ganaras.
ResponderSuprimirEs muy bueno.
Que rabia cuando no cumplen los compromisos.
Saludos.
Impresionante, Velcha. Una atmósfera intensa y palpable brota de las líneas. Felicitaciones por este relato extraordinario. Es un placer enorme entrar a este blog cada vez. Abrazo grande.
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