¿Qué hago ahora contigo?
ahora que eres la luna, los perros,
las noches, todos los amigos.
(Silvio
Rodríguez)
La
primera vez que la vi fue en una librería, leía algo de Paulo Coelho. “Que pena”, pensé desde mis prejuicios. Ella
estaba absorta, dominada por un caballero de la luz o algo por el estilo.
Recorría las páginas con avidez y sus ojos negros iban de página en página,
alejándola del mundo. El librero, retacón, de barba entrecana, la miraba
resignado sabiendo que no le vendería nada.
Tomé
cualquier libro y la miré sin disimulo. Quedé maravillado con su pelo hasta la
cintura envuelto en una cinta verde, la cara semioculta por unos mechones
negros y un cuello ideal para el célebre conde. De pronto cerró el libro y se
fue, dejándome a solas con su perfume y el librero, que no toleraría otra
lectura gratis. Me sentí ridículo: de
pie, con un libro abierto que no leía y el hombre bajo mirándome fastidiado.
Pregunté por unas obras medievales y me fui prometiendo volver en unos días.
El
tiempo pasó y la anécdota se perdió en el olvido, destino posible hasta que las
rescatamos como recuerdo y mentira a medias. Una mañana me la crucé en un
Hipermercado, se veía diferente. No era sólo el pelo sobre los hombros y el
bolso, sino algo más. Bajé la vista y me topé con un vientre redondo y dorado
sobresaliendo bajo la remera negra. La seguí con la mirada mientras recogía
unos yogures y algo de fruta. Se desvaneció entre la prisa de la gente y ruidos
molestos.
Sorprendido,
irritado, abandoné el changuito y fui por aire fresco. Las nubes formaban una
cortina plomiza, de aguacero soberbio. “¿Se habrá casado?”, pensaba mientras
las gotas gruesas castigaban los autos y los guardias del estacionamiento se
refugiaban bajo los techos de lona.
De
pronto, en conjunto con los relámpagos, percibí mi soledad de sótanos y objetos
polvorientos. Quizá necesitara una familia, alguien que me rescatara de mi
cátedra de Historia del Arte, de libros y libros apiñados en anaqueles,
estatuillas baratas y publicaciones en revistas especializadas.
Los
días siguientes fueron frenéticos. Mi habitual desinterés social fue
interrumpido por la realidad: por escasez de fondos suspendían mi proyecto de
investigación y me reducían horas cátedra, tantas que no tenía sentido dar
clases. Me vi entre pancartas y
manifestaciones callejeras, algo impensado para mí, reclamando sin demasiadas
expectativas. Era escéptico por
naturaleza, una cómoda elección para no comprometerse con nada y vivir entre
mis muros, los muros del conformismo.
Había
que empezar de nuevo. Me anoté en varios colegios secundarios pero todos me
rechazaron por “exceso de calificación para el puesto”. Mi vida se derrumbaba,
hasta mi gato de quince años me dejaba en una brillante mañana invernal.
Entonces
conocí otro mundo: el de las colas de desempleados y el desánimo alimentado por
la esperanza, la puta vestida de verde
de Cortázar y su mañana será otro día.
Cuando el tiempo consumía mis escasos ahorros, una llamada que ofrecía un
puesto en una Universidad privada alivió mi situación. Me debatí unos segundos con mi conciencia, a
la que convencí que la ética no contaba a la hora de comer y acepté, aunque
odiara esas instituciones, de pobre nivel educativo y relación mercantilista
con los alumnos. Pero estaba acorralado y me asusté, no cuento con la madera de
los que saltan al vacío y buscan la rama que les evita el abismo.
¿Por
qué cuento esto? Quizá es la necesidad de fisgonear en el pasado, de confesar
que he vivido, agregaría otro poeta. Es
triste llegar a una instancia de la existencia y darse cuenta que no hay
huellas visibles más allá de las arrugas y que el lápiz de los grandes trazos
sólo ha creado bocetos grises, siempre borroneados.
Un
sábado a la mañana salí a caminar. Las
personas son diferentes y muestran otros rostros: más vuelo en el alma, menos
prisa; más sinceridad, menos mentiras. Cerré los ojos y mis recuerdos volaron.
Vi a un pequeño paseando de mano de su madre que recorría negocios y
supermercados, un chico que creció buscando certezas en el arte y hoy sólo
tiene indicios, palabras sueltas y un desamparo a prueba de compañías.
Miraba
con desidia una oferta vieja y me topé con ella. Fijó sus ojos en los míos y me temblaron las
piernas. No me reconoció, no tenía porqué. Pasó a mi lado, absorta en sus
pensamientos y con el mismo brillo en la mirada, el de la librería. La vi irse en silencio moviendo las
caderas. “Es ahora o nunca”, me dije.
Y
la seguí. Mi corazón golpeaba furioso contra mi pecho pero no le hice
caso. Cruzó la calle y entró en una farmacia.
La esperé afuera, rogando que no se demorara. Encendí un cigarrillo, pese a que había
prometido dejarlo, y me senté en el cordón de la vereda. Sabía que era
ridículo, un cuarentón de gestos eléctricos fumando nervioso, viejo como las
manchas de aceite sobre el asfalto. Le
corté el paso cuando atravesaba la puerta con una bolsita en la mano.
“¿Cómo
te llamás?.” Mi voz sonó ronca, como si
masticase arena.
Ella
sonrió y me miró de pies a cabeza.
Así
nos conocimos. Me habló de su ex marido,
del maravilloso hijo que tuvo con él y del amor que un día se evaporó como el
aroma de nuestro café. Luego de oírla
cinco minutos estaba enamorado, lo estuve desde el primer día en que la vi.
Ella hablaba y movía sus manos acariciando el aire. Tenía unos dedos largos y
finos y con cada afirmación levantaba las cejas. Pero lo mejor era su sonrisa,
la de las personas sensibles.
Quedamos
en vernos de nuevo, en este bar. Ella se ha demorado y la demora sabe a
plantón, a cita trunca, a miedo al fracaso. Resignado ante lo evidente abro el
libro por enésima vez y leo mi dedicatoria, previsible, sincera. Suena mi
celular. Lo siento, me retrasé, esperame.
Feliz de haberme equivocado levanto el brazo y pido otro café. La foto de
Coelho, irónica, burlona, me sonríe desde la contratapa.
(Julio de 2005)
Publicado por Horacio
"más vuelo en el alma, menos prisa; más sinceridad, menos mentiras".
ResponderSuprimirPara mi, un lindo cuento antes de ir a dormir, los que hacen soñar.
Un beso Horacio!
Buen relato.
ResponderSuprimirMe encanta porque transmite esperanza. Y eso siempre ayuda.
Un abrazo.
Qué linda historia de amor. La vida te ofrece ese tipo de regalos, porque es larga y sus caminos se entrecruzan constantemente: solo hay que tener los ojos bien abiertos y haberte fijado en esa chica en una librería que podría ser tu cita de varios años más tarde. Por lo demás, este mundo nuestro está condenado a erizarse de pancartas en sus cuatro puntos cardinales, y a poblarse de tipos que siendo los mejor cualificados perderán el puesto ante quienes acepten ser los peor remunerados. Un abrazo.
ResponderSuprimirMuy lindo, maestro.
ResponderSuprimirAl final, algo de esperanza tendría nuestro amigo para el encare. O confianza. O calentura, claro. No descartemos ninguna.
Un abrazo.
Es un retorno bello, esperanzador y cargado de sensibilidad. Bello relato, me ha gustado mucho. Y esboza una tesis sobre la prerennidad de las primeras sensaciones, que me parece bastante cierta. Saludos.
ResponderSuprimirEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderSuprimirLinda y sencilla historia. Esos encuentros casuales en una librería son espectaculares. Le pasó alguna vez a Felis, hace muchos años... Ya sabrás de él. Un abrazo
ResponderSuprimirInsisto en decirte que cada vez que te leo, me olvido quién soy y donde estoy para estar viviendo, viendo y sintiendo tus relatos. Hoy no fue excepción.
ResponderSuprimirAdmiro (te) mucho, mucho, mucho *
Un beso o 2 #
ES UNA HISTORIA PRECIOSA!!!! VALÍA LA PENA SER CONTADA. MUCHAS LETRAS Y AUTORES DANDO VUELTAS, TAL VEZ AMOR, TAL VEZ DESLUMBRAMIENTO. UNA HISTORIA QUE DEJA ABIERTO EL FINAL PARA LA IMAGINACIÓN DEL LECTOR
ResponderSuprimirME ENCANTÓ
SALUDOS
La historia atrapa. Lo felicito por no haber continuado viviendo como eterno; eterno que siempre tendría su próxima oportunidad.
ResponderSuprimirCuando la vio la reconoció, presente en un futuro lejano.
No la discrimine por Coelho, y escríbale bien el apellido. VeroniKa decide morir, y Al borde del río Piedra, no son tan malas lecturas.
Rochitas: tenías razón. El "Coelho", de la última línea estaba mal escrito, pido disculpas. Ya he subsanado el error. Gracias por advertirlo.
ResponderSuprimirSaludos
Muy bien relatada esta hermosa historia de amor.
ResponderSuprimirUn encuentro fortuito, un desafío,un "ahora o nunca"
Vidas que se cruzan.
Felicidades
Beatriz (Soy anónima hasta que la técnica solucione mis entradas y me devuelva la identidad )
Una historia tan sencilla pero tan bien escrita que dan ganas de volver a leerla.
ResponderSuprimirSaludos.
sostengo, a diferencia del amigo Javier, que...qué pena por Coelho! encima se ríe del enamorado desde la contratapa!
ResponderSuprimirhermosa historia del 2005!
(el epígrafe de silvio es bellísimo)
besos*
Fuaaa!!! me atrapaste Horacio!!
ResponderSuprimir"Es triste llegar a una instancia de la existencia y darse cuenta que no hay huellas visibles más allá de las arrugas y que el lápiz de los grandes trazos sólo ha creado bocetos grises, siempre borroneados."
muy bueno.
Besos!