Acomodó los
leños, fiel a su costumbre de torre con palos cruzados y diarios en el centro.
Encendió la fogata, vio consumirse los papeles. Fulgores amarillos, rojizos,
anaranjados, un calor que contrae la piel y seca la boca. Era una buena excusa
para salar la carne y beber una cerveza helada.
Destapó el
porrón y saboreó la cebada negra, amarga, consistente. Su compañera le gritó
algo de la cocina, algo que no alcanzó a oír pero imaginó trivial. No por ella,
sino porque los comentarios del sábado al mediodía son triviales y esa
trivialidad de fin de semana los desconecta de un mundo difícil.
Ella,
asistente social; él, abogado de casos perdidos. Ambos conviven con lo que la
sociedad descarta: cartoneros, desocupados, marginados sociales, mujeres golpeadas,
niños ultrajados. La enumeración podría continuar, pero sería morbosa.
Se
conocieron en una reunión de solidaridad que intentaba crear una comisión para
recaudar fondos. La comisión no pasó de un par de citas entusiastas y ellos
pasaron de las miradas intensas a los besos con pan.
Hace tiempo
que están juntos. Ella espera un bebé, él escribe cuando le sobra el día y los
arrumacos entre palabras proclaman una obstinada defensa de la alegría.
(mayo de 2007)
Publicado por Horacio
Historia de sacrificios y esfuerzos.
ResponderSuprimirMe gusta mucho leerte. Ya lo sabes *
Un beso o 2 #
Es una linda historia, con un buen principio y principios, de esas que dan ganas, y le sonríen a las trivialidades de los sábados al mediodía.
ResponderSuprimirUn beso Horacio.
¡Que buena historia!
ResponderSuprimirBesos mil.
Tus palabras me llegan directo al corazón.
ResponderSuprimirSoy educador social y algo de lo que cuentas existe en mi existencia cotidiana.
Saludos.
y que se acabe el mundo, si ellos están nada menos que en el lugar/momento correcto.
ResponderSuprimirella y él, simplemente son...
ResponderSuprimirson el pan de cada dia.
:P
besos
defender la alegría, verdad? juntos, ella y él.
ResponderSuprimirme recordó a cierto joven que conozco...
besos*
Cuánta sencillez en tan lindo relato. Me pregunto don Horacio, como es que no había visto su blog antes????
ResponderSuprimirUn gran abrazo y una grata sorpresa este espacio.
Esa pareja destila honestidad.
ResponderSuprimirQue les vaya bien.
Saludos.
"Defender la alegría como una trinchera
ResponderSuprimirdefenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas.."
Tu pequeña gran historia me llevó directamente a Don Mario.
Besos, Horacio.
Podría ser el comienzo de una buena novela.
ResponderSuprimirAbrz.
Sin palabras!! Qué buen relato!! Dos personas tan comunes y no...que se unen.
ResponderSuprimirY esa obstinada defensa de la alegría nunca será caso perdido, porque el pan de estos besos no es pan solo: es pan de solidaridad en común, de compromiso a pie de calle, de ser dos hacia los otros, los golpeados. Leo tu texto dejando que esa cerveza helada entre fina entre los dientes desde el orificio del porrón. No puedes imaginarte qué calores a este lado del Atlántico. Estoy por ponerme a enderezar unos clavos, Horacio. Un placer beber tus textos.
ResponderSuprimirQué bueno, Velcha. Cuanta naturalidad para relatar una historia que reconforta el alma (entre tanta basura con la que nos topamos a diario). Excelente. Abrazo.
ResponderSuprimir¡Cómo lo he disfrutado! Con qué sencillez logras despertar empatía hacia la generosidad de dos que han optado por estar del otro lado por propia convicción; y contagiarnos su alegría y convencernos de que su hacer tiene auténtico sentido; que no mirar y girar la cabeza no conduce a ningún camino que finalice en satisfacción. Y tu relato devuelve la esperanza perdida de antemano de que algún cambio es posible si realmente creemos en ello.
ResponderSuprimirQuizás la raíz de la alegría consista en hacer lo que realmente nos convence y nos llena.
Gracias por compartirlo.
Un abrazo.