Foto: La Mañana de Neuquén
La requisa inicial, dejar todo en la entrada, la rotura del
paquete de yerba para ponerla en una bolsita. Algunas prohibiciones que no
entiendo: las masitas rellenas o con chocolate, cuadernos con espirales
metálicos, tortas enteras.
Nos presentamos. Son diez o doce. Un texto sobre palomas, la
palabra libertad que resuena lo suficiente como para oírla, la necesidad de
contarnos por qué están ahí, las palabras que comienzan a dibujarse a
borbotones en algunos, con más facilidad en otros. Alguien me llama por el
barrio en que vivo.
El taller de la libertad, desliza uno de los chicos. Otro
dibuja un sol y nubes, algunos están por curiosidad. Uno me pide un ejemplar de
mi novela que llevaré en el próximo encuentro. Dios se desliza de otro de los
textos. Y los nombres de los familiares que aman y extrañan. “Dios y el diablo en el taller”, leí en un blog amigo.
Ellos y nosotros, quizás cuando debiéramos decir todos
presos de una u otra manera. Pero ellos en carne, hueso y alma, con cicatrices,
muros, guardias, encierro, una atmósfera que parece estallar a cada instante.
“Esto es una selva”, disparan. Se trata de supervivencia.
Creo que no podría soportarlo.
Varios piden que escribamos. Lo prometemos para el próximo
encuentro. El paso más difícil ya lo dimos, ahora trataremos de aprender
juntos. E intentar que puedan sentirse parte del mundo, por lo menos por un
rato. Porque allí no lo están, no sé si alguna vez lo estuvieron, pero desde
esas paredes no se contribuye para que regresen.
Rejas que se golpean con violencia, la voz de mando de uno
de los guardias avisando que el encuentro terminó. “A ver que opinan los
escritores de los que estamos privados de la libertad”, inquiere otro. Acaba de
llegar y supongo que se pregunta qué estamos haciendo en el pabellón. No sé la
respuesta y me conformo con que alguna huella aparezca con el correr de los
encuentros, apostando a la seducción maravillosa de la escritura para huir al
mundo que te plazca.
Abandonamos la cárcel. Un detenido le grita algo al guardia
de la torre. Tengo un nudo en la garganta, una sensación de opresión que me
acompaña aún fuera de ella y grita su angustia en forma muda.
Deambulo como un sonámbulo por la ciudad. Bocinazos, lluvia,
figuras que caminan a mi lado y no veo. Siento en la piel el privilegio de
entrar y salir de allí mientras crece un gusto amargo en mi boca.
Y mis ganas de contártelo.
Publicado por Horacio

Es triste ver cómo esta sociedad castiga a las víctimas de sus resultados. Allí dentro están quienes la pagan por todos nosotros. Me quedo con eso del privilegio de entrar y salir de allí, y también con el consecuente gusto amargo.
ResponderSuprimirExcelente texto.
Besos
Es un lugar depresivo. Horrible.
ResponderSuprimirNo importa la razòn por la que se està allì.
Deberìa ser de otro modo.
Un abrazo.
La prisión ¡qué lugar cruel! Se supone que es algo fundado por la justicia. Aunque no sabemos qué tanto sabe la justicia sobre sí misma. Muy Buen relato, un poco triste es cierto, pero real también. Saludos
ResponderSuprimirjn
Conozco de qué se trata y tu sensación. Te mando mi reconocimiento a la labor que has emprendido. Será mucho lo que aprenderás. Saludos.
ResponderSuprimirsé de qué se trata.
ResponderSuprimirte abrazo, y volvé siempre.*
Gracias por contarlo.
ResponderSuprimirTambién se de esa sensación, de ese gusto amargo, de esas ganas de hablarlo.
Ay!!!
Un beso grande Horacio!
Cuántos nudos en la garganta provoca la impotencia ante lo que sucede en este mundo tan repleto de despropósitos...
ResponderSuprimirNo sé qué han hecho. Sé que hay muchísimos que han hecho barbaridades y están gozando de un montón de privilegios, son gente "importante" y son recibidos con honores. Tampoco sé qué se podría hacer con aquellos que maltratan,raptan, violan y matan a niños, por ejemplo. El lugar, creo, no reinserta, más bien empeora la condición humana. Justicia y libertad, ¿sentimientos o palabras?, palabras vacías de significado, parece que vamos para atrás. ¿Es justo que medio planeta se muera de hambre para que los países del "primer mundo" podamos seguir con nuestro ritmo de vida? ¿Es justo que mueran de sida y de hambre los niños de África porque los medicamentos que combaten la enfermedad los fabriquen farmacéuticas a las que no les interesa ponerlos a precios asequibles? ¿Para cuándo un poco de cordura y exigencia de la sociedad hacia los que dirigen este cotarro? ¿Quién o quiénes son los responsables de todo este desaguisado? ¿No somos los hombres nuestros peores enemigos para con nuestra propia especie?
Quizá es que no hemos inventado todavía el sistema político adecuado que realmente dé sentido a esas palabras para reforzarlas de significado, desde la educación, desde el pensamiento, desde el respeto, desde el corazón.
Por eso cualquier iniciativa que contribuya al diálogo, a saber qué ocurre y cómo se puede mejorar lo existente, es siempre encomiable.
Disculpa mi extensión y quizás también mi perorata visceral.
Creo que tu texto rezuma sinceridad y reflexión.
Un abrazo.
Impecable Horacio.
ResponderSuprimirTambién sé de qué se trata a pesar de no ser tan mayor.
He tenido un amigo privado de su libertad a quién he ido a visitar en 3 ocasiones (todas en penales diferentes), y es duro realmente.
También fue fuerte defender esta amistad, ya que la gente que me rodeaba (y aún rodea) eran/son y serán personas cerradas, prejuiciosas y juzgadoras.
Sé que mi amigo no era un santo, pero tampoco un monstruo.
En mi caso, también fueron encuentros relacionados a la literatura y arte en general; ya que mi amigo era (y es) una persona muy culta.
En fin. Me lo recordaste. Por esas cosas de la vida ya no estamos en contacto.
Gracias siempre Horacio por escribir con maestría y belleza el mundo que nos rodea, a veces (como en este caso) aquél que no miramos y muchos tampoco quieren ver.
Un beso o 2 #
la cárcel es la máxima expresión de lo que no entenderemos nunca.
ResponderSuprimirsaludos
(desde mza)
Todos presos, cada cual con nuestro desconcierto. La libertad como espejismo fuera de los muros con espinas, como anhelo dentro. Nada mejor que llevarle un libro a un preso: es tanto como darle una ventana, su propio túnel de escape, el bosque al otro lado de la alambrada. Un saludo.
ResponderSuprimirA lo mejor en un mundo utópico, la cárcel sólo privaría de libertad, pero eso es sólo el principio.
ResponderSuprimirUn abrazo.
El ritmo del relato es magnífico, de a poco uno se va sintiendo encerrado en la piel del narrador. Me gustó, si señor...
ResponderSuprimirUn abrazo.
HD
Velcha: Excelente relato, maestro. Muy intenso, complejo y sentido, como la experiencia que relatás. Muchísimas gracias por la cita y felicitaciones por la calidez y el compromiso de tus palabras. Rincones de la sociedad en la que casi nadie detiene (ni) un instante sus ojos. Realidades complejas, difíciles, invisibles, solapadas, imposibles. Un abrazo muy grande.
ResponderSuprimirEntiendo por lo que leo acá y en otro lado que están haciendo un trabajo precioso con los presos. Te felicito y adelante que aunque parezca que no, traerá sus frutos.
ResponderSuprimirSaludos Horacio