No es una gran cosa. Está castigada por los años, el tiempo,
las guerras. El jarrón que sostenía en la cabeza ha perdido su boca en alguna
mudanza o golpe involuntario. Lo cierto es que está conmigo, los hombros
desnudos y radiantes. No me canso de mirarla, a veces le encuentro algún
detalle nuevo, una nueva porosidad que delata años y silencios.
Todos la veneran, una veneración que raya lo insólito. No es
nuevo, todos adoramos estatuas, aunque estén en la Iglesia o colgadas de una
cruz. Tengo frío, debe ser mi fiebre, la misma que me llena de recuerdos y
voces ajenas.
¿Me sonríe, me mira? No sé. Hoy, postrado en mi cama con una
gripe remediable, vuelven las imágenes de niño, cuando iba a casa
del abuelo en el medio de la nada. Todavía siento el aroma dulzón de los pastos
reverdecidos por la primavera y la melodía de los pájaros; sonidos que me
transportaban a peligrosas selvas rodeado de tigres y tipos malos. Era la época
de Sandokán y sus piratas, de repartija de sabiduría y sablazos en una lejana
selva de la Malasia.
En aquella estancia hipotecada pasaba los veranos hasta el
comienzo de las clases. Allí era dueño de la tierra, el aire y los juegos.
Percibía como nadie un misterio único cuando la llanura se confundía con el
horizonte rojizo y morían las últimas luces del día. Conocía cada hueco de la
casa, el olor de los leños que esperaban su final en la cocina de hierro y los
murmullos solitarios de los rincones.
Sin embargo, había un lugar al que nunca había osado entrar:
el sótano del abuelo. Estaba convencido que un sitio oscuro y habitado por
espectros ancestrales, se escondía detrás de una puerta hinchada por la
humedad. Sólo una vez me animé a dar la vuelta de llave necesaria y me recibió
una escalera hundida en la negrura total, un vaho de fantasmas que confirmaron
mis peores sospechas. Cerré de un portazo, aterrado.
Pero una tarde sucedió algo extraño.
Me levanté de una siesta ineludible y fui a la cocina,
sediento. Grande fue mi sorpresa al ver la puerta abierta y allá abajo a mi
abuelo sentado en una silla desvencijada que parecía a punto de romperse. No lo
dudé. Era la oportunidad tantas veces soñada y llegaba, como los hechos
importantes, de la mano del azar.
Bajé tembloroso tanteando las paredes húmedas hasta que
llegué a él. Cuando pisé el último escalón, me topé con una mirada absorta
clavada en una vieja estatuilla de madera con forma de mujer. Él le hablaba en voz
baja y asentía con ternura. De pronto levantó la vista y sus ojos se cruzaron
con los míos.
—Vení —dijo— ¿Sabés qué es esto? —Ante mi negativa, agregó:
—Tu abuela la llamó Nadia. La encontró bajo los escombros de su aldea, en la Guerra del Catorce. Buscaba
a sus hermanos dispersados por el bombardeo y se topó con ella. Sin saber bien
por qué la desenterró y la llevó consigo. Caminó sin parar durante la noche
hasta que se durmió bajo un árbol. Cuando despertó, su hermano la miraba
risueño, feliz de haberla hallado. Fue
gracias a Nadia, dijo ella. Y la estatuilla pasó a ser parte de su vida y
de su mundo. Y llegó con nosotros a Argentina.
—¿Y porqué está aquí abajo?
El abuelo quedó un instante en silencio y continuó:
—Cuando ella murió, la guardé aquí…Los viejos solemos
guardar los recuerdos en el sótano hasta que algo los saca de la oscuridad y
los ilumina de nuevo —dijo mirándome fijo—
Soñé con tu abuela y bajé a verla, es eso nomás.
Una luz gris se colaba desde arriba y pude espiar en los
rincones del sótano. Suspiré aliviado al no hallar ningún fantasma; sólo
telarañas, trastos viejos y manchas de humedad que desvanecían su aspecto
tenebroso.
Nos quedamos absortos mirando la estatuilla por un largo
tiempo. Quise preguntarle por qué no la llevaba arriba con las fotos de la
abuela pero me contuve. Hay recuerdos caros que no alivian las ausencias, lo
aprendí con los años, cuando también asocié objetos con dolores. Eso sí, la
estatuilla me ve todo el día desde mi mesa de luz. Me la regaló aquella tarde,
sin decir nada.
Publicado por Horacio
Recupero uno de los primeros relatos publicados en este espacio, allá por el año 2009, aprovechando la visita de algunas ausencias que llegan en forma de sueños.
Me gustó. Conciso y muy interesante... Esa estatuilla guarda algo...
ResponderSuprimircuando las ausencias llegan, debemos cumplir los designios.
ResponderSuprimirbesos,Horacio*
Me encantó la historia sobre todo porque te entiendo.
ResponderSuprimirBesos mil.
Que lindo recuerdo, veo a ese niño con los ojos grandes, mirando el mundo que encierra ese conocimiento que se le revelara mas tarde.
ResponderSuprimirPrecioso.
Un beso Horacio.
Hiciste muy bien en ponerla en tu mesita de luz.
ResponderSuprimirTus textos siempre, pero siempre me conmueven. Nunca me dejas indiferente.
Un beso o 2 #
Que enorme poder evocador el de esa estatuilla.
ResponderSuprimirBuen relato.
Saludos.
¡Qué regalo tan estupendo el de tu abuelo! ¿Presintió tu miedo al sótano y por eso te regaló la estatua como talismán que te protegería de tus miedos futuros? ¡Y qué bien contado tu relato!
ResponderSuprimirVeo que la gripe no te afecta al pensamiento, ni a que los recuerdos afloren con esa cadencia y calidez que desde la infancia llega hasta el presente.
Un abrazo.
Muy bueno. Para mí era nuevo.
ResponderSuprimirUn abrazo.
Un gustazo leerte. Siempre.
ResponderSuprimirUn abrazo grande.
porque sera que tenemos que estar afiebrados
ResponderSuprimir