“Escriban su nombre en una hoja. La idea es que anoten tres
palabras que comiencen con cada una de las letras de su nombre, las que quieran,
las primeras que se les ocurra”, aclaramos.
Nos miran, algunos sonríen y se ponen manos a la obra. Esta
vez son cinco o seis, otro clima, ganas de trabajar. Circula el mate en una
botella de plástico improvisada como pava, algunos comentarios sobre la vida
que afuera continúa, sobre las lecturas que hemos dejado y comentan con agrado.
Uno de ellos me mira y dice: “Hay que ver qué se traen
después, pregunta adivinando que el ejercicio se complejizará. Y sonríe. Y escribe
en su cuaderno. “Encima mi nombre es re largo”, refunfuña.
Luego de un rato, la consigna sigue: “Ahora, con esas
palabras, tienen que hacer un relato, una historia, obvio que pueden usar
otras, pero esas deben estar reflejadas”.
En el pasillo, los guardias pasan con otros internos
esposados. Recorro con la mirada los rostros de nuestros talleristas, puedo ver
la concentración, el esfuerzo, el intento por cumplir con lo que pedimos. “Mirá
los guardias como los miran, ustedes se están ganando un espacio de este lado
de las rejas”, me dirá uno de los chicos al término de la clase. “Ah, y empecé
a escribir”, dice mostrándome más de una carilla. Lo dice con orgullo.
“Escriban sobre ustedes, un recuerdo, un sensación,
aquello que consideren importante”, habíamos pedido y algunos han comenzado.
Esta vez siento que se puede, que hemos logrado el objetivo
de que olviden por un rato de “la tumba”. Y las palabras salen, se confabulan
para lograrlo. Por una vez, la puta sensación de estar perdiendo la pelea,
queda atrás. Vaivenes, avances y retrocesos, supongo que será así.
“Mañana tenemos visita”, cuenta otro con alegría, pensando
en ver a sus hijos. Y recuerdo la clase anterior escuchá los pibes… les dan
vida al lugar, murmuró otro al oír las voces de los pequeños en el pabellón,
en una suerte de película surrealista, donde los murmullos son la forma de
aferrarse a la vida que ahí dentro se tomó franco. O por lo menos retrocede
hasta convertirse en rejas que se golpean con violencia.
El ejercicio sigue su curso, uno a uno van terminando el
relato. Varios de los textos que se leen finalizan en que “fueron felices”, esa
felicidad que está clausurada ahí dentro.
Por eso se nombra. Para que exista.
El encuentro llega a su fin. Me voy pensando en más
consignas, lapiceras, hojas. Y algunos libros, que alcanzaremos como compañía,
para que las palabras se junten y ellos
puedan contar lo que quieran o puedan, como quedamos para el próximo encuentro.
Publicado por Horacio
En silencio y de pie: Te admiro. Saludos Velcha.
ResponderSuprimirQue buena tarea llevas a cabo, amigo.
ResponderSuprimirUn abrazo.
Y de ahí saldrán grandes cosas, a saberse capaces de escribir lo que sienten, lo que echan en falta, lo que desean y ansían; a conocerse más a sí mismos, a ver desde otros lados con la perspectiva que da el saber cómo todos se desnudan ante el papel...
ResponderSuprimir¡Qué bueno lo que hacéis!
Un abrazo que aliente esa chispa de esperanza abierta entre barrotes.
abrazo enorme, Horacio*
ResponderSuprimirEn el enrejado se trama el sentido de estar vivo. La carencia demuestra el sentido de ser libre. Sentido como orientación, como órgano perceptivo, como dimensión. Sentidos que disparan sentidos. Ése es el sentido póstumo de tu labor, nada fácil, que irónicamente suele enseñar más al que se va que al que se queda allí. Un abrazo, y que tus fuerzas no desfallezcan.
ResponderSuprimirRealmente te admiro Horacio! No puedo decir más. Sos un ejemplo ~
ResponderSuprimirUn beso o 2 #
Y aunque no puedan ver la luz del sol, siempre quedará algún recuerdo donde viajar y sobrevivir con la palabra.
ResponderSuprimirAnimo Horacio.
Un abrazo inmenso!
Es conmovedor lo que cuentas, Horacio. Y debe serlo mucho más ser parte de ese espacio en que los animas a tocar la libertad por un instante.
ResponderSuprimirUn abrazo y mis cálidas felicitaciones a vos por esa labor.
la verdad, es malo. o sea: obvio y con clara intención de que reconozcan la labor (si es que la hubo). lejos de la estética, ah... cuánto retraso fofo
ResponderSuprimirBuenas tardes "Anónimo". Hubiera estado bueno que dejaras tu nombre. No todo en la vida es estética y no hay intención para un reconocimiento, sino simplemente transmitir una experiencia movilizadora como pocas, que todavía continúa.
ResponderSuprimir¿Retraso fofo? Lamento que pienses eso. "La vida en sí cobra sentido cuando uno la cuenta", sostiene García Márquez, alguien cuenta para que otro escuche, para ver cómo ha sido afectado en su vida lo que cuenta.
Y si este taller sirve para que alguien pueda contar su experiencia de vida y un redescubrimiento de las palabras, no importa tanto la estética o si está "bien escrito", aunque uno intente aportar su granito de arena en ese sentido.
Igualmente, gracias por dejar tu comentario
Saludos
parte de la magia de las palabras es el conjuro, creo.
ResponderSuprimir"Por una vez, la puta sensación de estar perdiendo la pelea, queda atrás."
Mi admiración, por intentar transformar el mundo real, poniendo el cuerpo.
Un abrazo.
No, Ernesto. Estoy hablando de literatura, de arte, no de las acciones que construyen la anécdota. La literatura no se debe a las acciones (en este caso, el taller en la cárcel) sino a un entramado de técnica y talento. Y de eso acá hay poco, salvo el que reside en la capacidad de generar empatía en otros bloggers como vos.
ResponderSuprimirSin falsos animismos ni recelos ni nada.
e.a.
E.A.: Disculpá si mis textos no están a tu altura literaria que, por otra parte, desconozco. Cierro la discusión acá, por lo menos de manera pública. Cualquier cosa, mi mail de contacto está en el blog. Y disiento: parece haber algo de recelo en tu comentario.
ResponderSuprimirHoracio
ESTUVE LEYENDO TUS OBRAS HORACIO, ME GUSTARON MUCHO, SE DE TU TALENTO E INSPIRACIÓN Y ESTO LO REAFIRMA, UN ABRAZO DESDE J POSSE CÓRDOBA. JOSÉ LUIS ALARCÓN
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