“Según va anocheciendo
vuelve a ser campo el pueblo.”
(De “Campos Atardecidos”,
en “Fervor de Buenos Aires”
1923, J. L. Borges)
Dios es
cobarde y traicionero, le susurraba mi padre a su
jarrito de mate amargo. Una mañana llegó aquí y encontró su lugar, lo sintió en
la tierra húmeda, el silencio de las tardes, los atardeceres inefables. Había pocas casas apiñadas sobre la estación”, me contaba antes de
dormir y abría exageradamente los ojos al recordar los generosos almuerzos
vecinales, largas sobremesas de taba, cartas y rencillas sin importancia entre
cuchilleros fieros y apasionados.
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Estación
Próspera nació con los golpes de chuzas indias contra
los blancos y los malones sin fin robándose mujeres, niños y animales. El
pueblo resistió firme los avatares de la historia y la obstinación de los
pioneros consolidó un caserío que contó con estafeta postal, comisaría y la
iglesia de rigor con su campanario de palomas y feligreses de domingo.
Para algunos el fundador del pueblo fue un
blanco que comerciaba con los indios y les cambiaba sus cueros por aguardiente
y tabaco, versión que contrasta con la oficial que señala a un valiente
visionario resistiéndose a los malones y pujando por instalar el progreso en la
provincia. Sea cual fuere la verdad, Estación
Próspera se transformó en un jagüel del desierto y resistió con firmeza los avatares de la
historia.
Todo pueblo tiene su loco. El nuestro fue un
paisano agrio que perdió los estribos cuando su mujer murió pateada por un
caballo. El pobre vagaba por el campo recitando el Martín Fierro y preguntaba por su amada con un desaliento a vino
que espantaba hasta los pájaros. A nadie le molestó su ausencia hasta que
apareció ahorcado en el árbol más alto, el de aquí enfrente.
Un día mi padre se cansó de lidiar con la vida
y su corazón se detuvo. Si dejás que el
círculo se cierre y te agobie, estás frito, repetía antes de su muerte.
Como yo había crecido entre el aroma de sobres perfumados, telegramas fatales e
impuestos duros, a nadie le extrañó que me hiciera cargo de la estafeta postal.
Así me convertí en un testigo de la vida
pueblerina y sus noticias trascendentes. Recuerdo la inauguración del tren por
parte de los ingleses y nuestra posterior nacionalización, varios
cambios de gobierno, pesos devaluados y las novedades de la Capital que el tren traía en
cada regreso.
Los años desgajaron la tierra y el campo nos
dejó sin tributo. Las buenas cosechas pasaron a ser un recuerdo y las arenas
avanzaron seguidas de los cardos que rodaban por las calles y se colaban entre
las casas abandonadas tras el cierre del matadero. Las cartas se cubrieron de
una greda blanca y los muebles se encanecieron, como nosotros.
El trabajo exiguo y un tren sin retorno
terminaron con nuestros jóvenes. Nos quedamos los viejos, algunas madres con
sus pibes mirando las calles vacías y Don Florencio que me pregunta todos los
días por cartas de sus hijos.
—No, Don, no llegó
nada. Vuelva mañana, en una de esas…, contesto con una sonrisa de media
mejilla, repitiendo la ceremonia cómplice que sostenemos a diario.
Hace
tiempo que no llegan cartas.
Ni
ómnibus espaciados.
Hasta
ayer.
El sobre blanco con el membrete del Correo
Central tiene una estampilla florida en el vértice izquierdo y descansa sobre
la mesa desde entonces. Sé por experiencia que las malas noticias huelen como
esa carta. Por fin, el cortaplumas rasga los bordes pálidos, casi como la
muerte y desnuda una nota escueta, doblada en dos. Releo el memorándum y lo
guardo con cuidado, con el mismo cuidado con que velo por las palabras
envueltas en papel, que nos comunican con el mundo.
"Dios
es cobarde y traicionero", recordé. Pero olvida
que se cruzó con un viejo obstinado. Mañana abriré la oficina por más que esa nota diga que no hace falta. Y todos los días. No hay cierre si nos queda la
memoria, si hay historias que merecen ser escuchadas y palabras para contarlas.
Publicado por Horacio

Mas tarde lo leeré bien..
ResponderSuprimirSolo pasaba a desearte ¡Feliz Navidad!
Besos mil.
Impecable, Horacio, tenés una pluma admirable. Es un gusto leerte.
ResponderSuprimirUn abrazo.