El plan fue meticulosamente planeado, cuidando de todos los
detalles. El día previo fue el momento del ensayo y la caída del abuelo —que
por suerte sólo dejó la dentadura postiza bajo la cama— selló el éxito de
nuestro contubernio.
¿A quién se le ocurrió aquello? no estoy seguro, pero es
posible que haya sido a mi hermano, de ideas temerarias y dislates como el de
arrojarse al vacío desde el techo con un paraguas abierto, o intentar seguir a
unas palomas provisto de una capa roja y una “S” gigante en el pecho, objetivo
que no pudo cumplir porque papá alcanzó a retenerlo en el preciso instante en
que extendía los brazos y cerraba los puños para su vuelo imaginario, en una
tarde que limpiábamos el tanque de agua.
Quizá su apego a las alturas y las ansias de volar no le
dejaron más remedio que planificar nuestra correría. Acaso la envidia que le
provocaba el vuelo impune de nuestra víctima, o el deseo de quedarse con su
botín lo obligaron a comentarme su obsesión en una siesta interminable, entre
susurros y soldaditos de plástico vilmente derribados con una jeringa llena de
témpera colorada.
El plan era perfecto, debo confesarlo. Si bien a veces nos
sentíamos incómodos – porque después de todo íbamos a robarle – la sensación de
culpa se evaporaba pensando en el reparto del botín, momento en que yo imponía mi
primogenitura para quedarme con los objetos más preciados y mi hermano se
oponía con firmeza, recordando el jarrón chino derribado por mi pelotazo y la
culpa posterior al gato, mentira que mamá nunca creyó pero que condescendió
intuyendo que era el precio de la felicidad.
El tropezón del abuelo no dejó lugar a dudas. A la hora
señalada, y pese a la reprimenda de papá, repetimos el plan y atamos el hilo de
tanza a las patas de nuestras camas, lugar de paso obligado para llegar hasta
el arbolito y crear la celada perfecta que daría por tierra con Papá Noel y su
preciada bolsa de regalos.
No hubo caso, aquella madrugada intentamos mantenernos despiertos para abalanzarnos sobre nuestros botín, pero el cansancio hizo de las suyas. La llegada del nuevo día
nos encontró mirando incrédulo los regalos bajo el árbol de Navidad y nuestro
hilo, tenso, inexpugnable, atado entre las camas paralelas.
—Era una buena idea —dijo mi hermano rascándose la cabeza mientras alejaba su desilusión con un gesto, abalanzándose sobre la caja con su nombre. Yo
deshice la trampa y abrí mi regalo, sin saber en qué habíamos fallado. A mi
lado, mi compinche gritaba de júbilo y blandía su flamante avión que surcaba los
aires acompañado por su mano, mientras papá nos miraba desde la cocina con una sonrisa.
N. del Autor: Otro de mis primeros textos, publicados en este blog. Lo recupero para compartirlo.
Publicado por Horacio
Buenìsimo!
ResponderSuprimirMe encanta. A mì no se me ocurriò.
Un abrazo.
Me siento identificada con el hermano que quería volar. Yo hice cosas muy parecidas...de niña.
ResponderSuprimirQué suerte esta recuperación del texto Horacio. No lo había leído antes. Con lo que me gustan tus relatos ~
Un beso o 2 #
Pd: cómo podría hacer para conseguir "La Tierra Plana". Estoy muy interesada en leer tu libro, ya que me gusta muchísimo como escribes.
eleanor.cure@gmail.com
Precioso Horacio.
ResponderSuprimirMe dio ternura.
Un beso!
Ensayo y error. Yo probé con otras, pero obtuve igual resultado. Será cuestión de seguir probando. Hermoso texto. Un abrazo
ResponderSuprimirEn mi familia de chica se le daba más bola a los reyes e intentamos de todo para pescarlos, pero siempre nos terminabamos quedando dormidas.
ResponderSuprimirQué ganas dan de volver a creer...!!
Me encanta el relato y la sutil manera de ir develando hacia quien van dirigidos los planes.
Un beso.
¡Qué divertido relato y qué genial ocurrencia la de tu hermano! Si yo estuviese vuestro lugar, también me habría preguntado qué es lo que había fallado, pues "la idea era buena" de verdad.
ResponderSuprimirQué bien que lo hayas rescatado, Horacio.
Un abrazo.
y así lo recuperamos nosotros
ResponderSuprimirAy, al final fue el tiempo el que perpetró el peor robo: el de la ilusión de entonces, cuando tanta ingenuidad se amontonaba en lo mejor que hemos sido y seremos. Un saludo.
ResponderSuprimir¡Hermoso y tierno texto! Me encantó!
ResponderSuprimirQue pases unas muy felices fiestas, Horacio!
Cños.
hoy sólo llego hasta ti para desearte
ResponderSuprimir¡Qué seas feliz todos los días, que sueñes, que te sorprendan las caricias y los besos cada amanecer; que te ilusiones , que sientas, que conjugues siempre el verbo amar,y que en donde te halles y con quienes te rodeen que compartas emociones y proyectos !
Un abrazo
El texto tan entrañable me remonta a épocas en que la ingenuidad era sinónimo de alegría-
Me has conectado directamente con esos años en que el mundo era un lugar de aventuras infinitas y todo lo imaginado era posible con el empeño suficiente. Creo que si no guardáramos dentro al niño que creía eso nos sería muy difícil sobrevivir.
ResponderSuprimirTe abrazo fuerte y te dejo mis mejores deseos, Horacio.
Una locura de las geniales...
ResponderSuprimirme gustaron mucho las últimas líneas.
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