Al principio la calle no fue el mejor refugio pero tuvo la
suerte de toparse con el Turco Leb, dueño de una fonda de paso para
trabajadores, amantes despechados y poetas venidos a menos que llegaban a la Capital con su puñado de
esperanzas a cuestas.
Allí, Papá, como
le decían todos por ese tono impostado de hombre de ciudad, conoció otro mundo
y un lugar para vivir, a cambio de un poco de compañía para un viejo que se
moría de soledad.
Un día se enamoró de la florista que —como era de esperar—
lo ignoró sin ningún tipo de reparos. Pero él no cejó en su empeño y una mañana,
junto a su café recalentado, le dejó unos versos. Nadie supo qué decían, pero
aquella noche durmieron juntos y nueve lunas más tarde llegó Camila.
La florista falleció tiempo después, cuando un borracho al
volante la atropelló en su puesto y Papá quedó sumido en la tristeza, aunque
siempre guarde una sonrisa para su hija, desafiando a la vida emperrada por que
baje los brazos. El mismo gesto que me obsequia mientras me muestra su foto y
esperamos un ómnibus que no llega, en una parada tan deteriorada y firme como
nuestro manojo de sueños.
Publicado por Horacio
Un lindo relato, y una vida cruel que no logró aniquilar los sueños.
ResponderSuprimirUn abrazo
Bello relato, de optimista que sigue pese a la melancolía. Saludos.
ResponderSuprimirbello relato urbano, melancólico como tanto desconocido habitante de ciudad.
ResponderSuprimirbesos*
Y una queja se escapa en el aliento tras la lectura de tu texto, no sé si por impotencia ante las adversidades que se nos parecen injustas tras tanta lucha y empeño. A pesar de todo, queda una parada deteriorada, una magnífica sonrisa, una hija y un manojo de sueños que ninguna adversidad ni ningún adversario podrá arrebatar. Fructíferas esperas las del ómnibus.
ResponderSuprimirUn abrazo grande.
Un relato sin transgresión de formas, constreñidoa lo esencial, que nos entrega un drama intenso, muy pegado a la realidad.
ResponderSuprimirCon una prosa dócil, esta historia intimista, de contención afectiva, nos llena de sentimiento, de empatía por su protagonista.
Gran trabajo, Horacio.
Un abrazo,
Tienes el don de transportar imágenes. Queda claro.
ResponderSuprimirLinda historia has contado, rescatándole vida a la muerte.
ResponderSuprimirUn beso Horacio.
Simple y profundo. La belleza de lo sencillo, necesario para que traspase la piel y suspire el alma.
ResponderSuprimirHermoso texto.
Profundo y realista texto, en el que se nota tu gran capacidad para relatar, excelente!
ResponderSuprimirUn abrazo!
Hermosísimo.
ResponderSuprimirSutil y efectivo, propio de quien rescata belleza de lo cotidiano y la refleja por el placer de compartirla.
ResponderSuprimirUn abrazo, Horacio.
Ay Horacio, Horacio. Leerte es reafirmar el porqué de mi amor hacia las letras. Insisto siempre: qué bueno que te reservo siempre como mi lectura final :)
ResponderSuprimirUn beso o 2 #
una historia bellísima de héroes anónimos...
ResponderSuprimirHoracio, me parece un relato entrañable, bonito. Me atrevo a sugerirte, quizá, revisar el tratamiento de la "florista" (que se supone es la madre de quien narra en primera persona) y de "Camila" (que se supone es su hermana). Me refiero a ese contraste de tratamientos entre esos personajes tan "lejanos" y el tan cercano asociado a "Papá". No sé si me explico... me resulta extraño.
ResponderSuprimirUn abrazote