lunes, 27 de febrero de 2012

Frente a frente


Sentados. Frente a frente. Los vasos llenos. Ya no importa de qué. En una casa habitada por la oscuridad y con sus paredes tiznadas, como los recuerdos.

Sentados. Frente a frente. A media luz, sin verse pero mirándose uno al otro, sabiéndose juntos, siempre a mano, queriéndose más allá de la sangre, los años, los desconciertos o el manojo de huellas que nos resume como pares.

Sentados. Frente a frente. Con una pila de libros por delante, como si en las páginas estuvieran las respuestas y no nuevos interrogantes. Con la literatura entrecruzándose con Marx, Foucault, Gramsci, los tomos de “La voluntad” o el último autor descubierto y recomendado por otros hermanos, aunque no sean de sangre.

Sentados. Frente a frente. Con ronroneos y maullidos que astillan el silencio de tanto en tanto —para quitarle solemnidad a las cosas, vio— como los discos que giran y giran, solidarios, propios. Redondos y Divididos pero habitados por Principio de incertidumbre o Nos sobran los motivos (ambos, el eléctrico y el acústico).

Sentados. Frente a frente. Los vasos llenos, invadidos por fechas que impone el calendario, que significan poco, nada o casi todo (que no es lo mismo pero es igual, apunta Silvio), en una casa de paredes tiznadas y muebles de ceniza, mientras en el exterior aturden los fuegos artificiales y la noche se llena de una euforia irritante, como algunas reuniones familiares.

Sentados. Frente a frente. Los vasos llenos. Ya no importa de qué.

Publicado por Horacio


martes, 21 de febrero de 2012

Pluma de un maestro: caracterizar a un personaje



"He aquí lo que sabía Byron Bunch: fue un viernes por la mañana, hacía tres años. Los hombres, en el taller de acepillado, levantaron los ojos y vieron al forastero, de pie, mirándoles. No sabían cuánto tiempo llevaba allí. Tenía el aspecto de un vagabundo y, sin embargo, no era exactamente igual que un vagabundo. Sus zapatos estaban polvorientos y su pantalón estaba también sucio. Pero era de una sarga decorosa, con una raya bien marcada; y su camisa estaba sucia, pero era una camisa blanca; y llevaba una corbata, y un sombrero de paja casi nuevo cuya inclinación insolente daba a su rostro inmóvil un aire inquietante. No tenía el aspecto de un vagabundo profesional con ropa profesional, pero había en él algo de desarraigado, como si no perteneciera a ninguna ciudad, como si no tuviese una calle, una pared, una pulgada de terreno de los que se pudiese decir que eran su casa. Y era como si llevase constantemente consigo todo lo que sabía, del mismo modo que se lleva una bandera; con algo de cruel, de solitario, de altanero..."
... Y, por primera vez, Byron comprendió que el nombre de un hombre, considerado en general como simple interpretación sonora de lo que es ese hombre, puede ser también, en cierto modo, un presagio de lo que hará, si se puede leer a tiempo el significado. A Byron le pareció que, antes de haber oído su nombre, ninguno de los obreros había prestado gran atención al forastero. Pero, en cuanto lo oyeron, tuvieron la impresión de que había algo en la sonoridad de la palabra que se esforzaba en hacerles comprender lo que debían esperar; como si el hombre llevase consigo una advertencia inseparable, lo mismo que una flor lleva su perfume o un crótalo el rumor de su cola. Pero nadie podía descifrar el sentido. Simplemente pensaban que era extranjero; y, aquel viernes, mientras le veían trabajar, con su corbata, su sombrero de paja y su pantalón con raya, decían entre ellos que probablemente en su país se trabajaba así. Sin embargo, hubo otros que dijeron: “Ya se cambiará esta noche. Mañana por la mañana no vendrá a trabajar endomingado de ese modo.” 
Como siempre, el resaltado es mío.


Faulkner, William, “Luz de agosto”, España, ABC, 2004.- Traducción de Enrique Sordo. 

Publicado por Horacio

miércoles, 15 de febrero de 2012

Sangre y espigas



Fotografía: Imágenes de Internet. fotomontaje propio.


Debió saber que algo andaba mal cuando el día anterior soñó que mataba a un viejo amigo con varias patadas en el pecho y el alba siguiente desvaneció la reminiscencia de un vuelco en la ruta, con la violenta sensación de rebotar en una cabina, como si estuviese dentro de una coctelera.

Por eso no le sorprendieron los ojos del pibe inyectados de paco[1] que le pedían un dinero que no tenía (como una vida que el otro no llevaba ni de la que era culpable) mientras sentía como esos golpes en el pecho —idénticos a los que daba y recibía en sueños— se quedaban con su aliento.

¿Será la muerte esa llanura que está frente a sus ojos? Un campo lleno de espigas, un árbol en la lejanía que parece esperarlo, mientras el pibe huye sin comprender como tanta sangre se escapa a borbotones y él hace una pausa en el camino —abatido y solo— preguntándose si llegará hasta aquella sombra que lo aguarda en la lejanía.



[1]  Pasta básica de cocaína.



Publicado por Horacio

miércoles, 8 de febrero de 2012

Ómnibus IV



Papá podía cambiar de trabajo, de ropa, de voz, de humor, pero siempre estaba radiante para ella, con un optimismo insano que contrarrestaba una vida poblada por el desaliento. Hijo número siete de una familia de más de diez, decidió a los trece años que ya era hora de largarse de casa.

Al principio la calle no fue el mejor refugio pero tuvo la suerte de toparse con el Turco Leb, dueño de una fonda de paso para trabajadores, amantes despechados y poetas venidos a menos que llegaban a la Capital con su puñado de esperanzas a cuestas.

Allí, Papá, como le decían todos por ese tono impostado de hombre de ciudad, conoció otro mundo y un lugar para vivir, a cambio de un poco de compañía para un viejo que se moría de soledad.

Un día se enamoró de la florista que —como era de esperar— lo ignoró sin ningún tipo de reparos. Pero él no cejó en su empeño y una mañana, junto a su café recalentado, le dejó unos versos. Nadie supo qué decían, pero aquella noche durmieron juntos y nueve lunas más tarde llegó Camila.

La florista falleció tiempo después, cuando un borracho al volante la atropelló en su puesto y Papá quedó sumido en la tristeza, aunque siempre guarde una sonrisa para su hija, desafiando a la vida emperrada por que baje los brazos. El mismo gesto que me obsequia mientras me muestra su foto y esperamos un ómnibus que no llega, en una parada tan deteriorada y firme como nuestro manojo de sueños.


Publicado por Horacio